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Don Ricardo Palma, representante del romanticismo peruano:

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A PROPÓSITO DE LA TRADICIÓN PALLA-HUARCUNA

Por Alexis R. Arévalo Vergara,

Miembro de la Sociedad Amantes del País


El Romanticismo fue una corriente literaria que estuvo en boga en buena parte del siglo XIX, surgió como un alejamiento a las formas perfectas y conclusas, así como a todo lo universal que había traído la Ilustración; se acercó más a lo particular y propio de la cultura y hubo una suerte de restauración de los valores nacionales y del pasado, así como una exaltación por las emociones encontradas y los deseos irrefrenables.

La fantasía y la irracionalidad del alma fueron las directrices de sus creativas obras que con suma originalidad tenían a un héroe lleno de pasiones y enfrentado a un ambiente adverso del que buscaba escapar; más si era atrapado por el vil opresor aceptaba sumiso su funesto final porque sabía que había otro mundo, uno mucho mejor que lo aguardaba, lugar donde vería resuelto sus problemas y por fin hallaría esa paz y ese amor tantas veces anhelado.

Esta corriente tuvo muchos representantes, siendo de los más destacados el vizconde francés François-René de Chateaubriand (1768-1848), del que recientemente he tenido oportunidad de leer una de sus magnificas obras, me refiero a “Memorias de Ultratumba” que con fineza cuenta detalles sumamente hermosos de su vida, tanto de prosperidad como de miseria, en el que evoca un mundo idílico, un tiempo pasado al que no había retorno. Muy puntualmente puedo relatar un breve pasaje de su obra en la que cuenta el sincero cariño que le tuvo a su nodriza, mujer plebeya, que pese a las diferencias sociales terminó convirtiéndose en una de sus más fieles amigas, e inolvidable en el relato de su niñez en la hermosa isla fortificada de Saint-Malo.

“Concebí un entrañable afecto hacia la muger que me cuidaba, escelente criatura á quien llamaban la Villenueve, y cuyo nombre escribo ahora con un movimiento de gratitud, y con lágrimas en los ojos. La Villenueve era una especie de mayordomo de casa, que me llevaba en sus brazos, que me daba á hurtadillas todo cuanto encontraba, que enjugaba mi llanto, que me dejaba en un rincon, para volver á cogerme en seguida, y que me llenaba de besos, murmurando. <<¡Este no será orgulloso! ¡tendrá buen corazón! ¡y no tratará mal á las pobres gentes! ¡Toma chiquitín, toma!>> y me daba vino y azúcar. A mis simpatías de niño hácia la Villenueve, sucedió despues una amistad mas digna” (sic)[1].

En el Perú, hubo también importantes representantes de esta corriente literaria de los que se puede mencionar a Pedro Paz-Soldán y Unanue (Juan de Arona), Luis Benjamín Cisneros, Ricardo Palma, etc.  Es de este último del que guardo una especial admiración, ya que su brillante pluma produce en las mentes de los lectores un sinfín de imágenes sugerentes de épocas pasadas y hasta mejores. Como prueba de ello tenemos dentro de sus afamadas “Tradiciones Peruanas” la hermosa historia titulada Palla-huarcuna, leyenda en la que Palma exalta las virtudes y el genio militar del Inca Túpac Yupanqui, quien había conseguido a través de la guerra construir uno de los más grandes imperios de América, con súbditos agradecidos, fieles y llenos de admiración por él, su Inca y Señor.

“¿Adónde marcha el hijo del Sol con tan numeroso séquito? Tupac-Yupanqui, el rico en todas las virtudes, como lo llaman los haravicus del Cuzco, va recorriendo en paseo triunfal su vasto imperio, y por dondequiera que pasa se elevan unánimes gritos de bendición. El pueblo aplaude a su soberano, porque él le da prosperidad y dicha. La victoria ha acompañado a su valiente ejército, y la indómita tribu de los pachis se encuentra sometida. ¡Guerrero del llautu rojo! Tu cuerpo se ha bañado en la sangre de los enemigos, y las gentes salen a tu paso para admirar tu bizarría. ¡Mujer! Abandona la rueca y conduce de la mano a tus pequeñuelos para que aprendan, en los soldados del Inca, a combatir por la patria” (sic)[2].

 

Vemos como Ricardo Palma enaltece al nacionalismo inca y a su sociedad armoniosa; pero advierte, más adelante, a través de una siniestra confabulación del destino, que los días del imperio estaban contados. Sucedió que un día, un magnifico cóndor, monarca de los vastos cielos, había sido herido a traición y caído en el pico más alto de los Andes tiñendo con su sangre las blancas nieves perpetuas. El gran Sacerdote vio en esta triste muerte una revelación del desastre que se avecinaba, pues vendrían conquistadores a implantar su religión y sus leyes. Fue así como las hijas del Sol se dispusieron a cantar y a hacer sacrificios a los dioses, tratando de que el vil augurio jamás se cumpliese.

Entre las hijas del sol, se encontraba una hermosa joven cautiva con labios de rosa, a la cual se le había destinado a ser parte del harén del Inca; pero ella estaba enamorada de un hombre de su tribu al que no podía olvidar. La dorada prisión no resultaba óbice para que ella siguiera pensando en él, este sincero amor era lo único que no la hacía desfallecer en su cautiverio. Descubrió un día, en esas bondades del destino, que su bien amado era también prisionero del Inca, al encontrarlo supo que se había cumplido su mayor deseo, ahora solo les faltaba huir para así vivir su amor con libertad.

“La noche empieza a caer sobre los montes, y la comitiva real se detiene en Izcuchaca. De repente la alarma cunde en el campamento. La hermosa cautiva; la joven del collar de guairuros, la destinada para el serrallo del monarca, ha sido sorprendida huyendo con su amado, quien muere defendiéndola. Tupac-Yupanqui ordena la muerte para la esclava infiel y ella escucha alegre la sentencia, porque anhela reunirse con el dueño de su espíritu y porque sabe que no es la tierra la patria del amor eterno” (sic)[3].

Aquí fácilmente se puede vislumbrar el romanticismo literario de Ricardo Palma, pues se ve como estos jóvenes enamorados, víctimas ambos de las circunstancias son descubiertos en su idilio, y mueren, uno en defensa de su amada y la otra feliz aceptado su sentencia pues sabe que la muerte es pasajera y que el símbolo de su genuino amor no se podría olvidar. Pareciera que Palma dijera entre líneas que <<La muerte es bella, cuando uno muere por amor>>.

Esta tradición, toma un giro de superstición, tan típico de las leyendas fantásticas de la corriente literaria romántica, pues Palma finaliza comentando que los naturales de Huancayo dicen que en el lugar llamado “Palla-huarcuna”, donde fue inmolada la cautiva enamorada, se yergue una formación ígnea natural que tiene forma de una mujer con collar de huairuros y turbante de plumas, y que aquel que se atreva a pasar de noche por dicho paraje, el fantasma de la cautiva que habita en la estatua de piedra reclama las almas de los temerarios caminantes.

Es interesante como la tradición cambia de curso, pues pasa de una leyenda romántica a una historia hasta cierto punto tétrica; este giro literario resulta muy propio del estilo romántico, pues las obras de esta corriente mezclan los amores prohibidos con finales sobrenaturales siempre rodeadas de un ambiente nocturno y misterioso. Resulta innegable que la tradición “Palla-huarcuna” es en definitiva uno de los mejores ejemplos del romanticismo literario peruano.


[1] Chateaubriand, Vizconde François-René de. Memorias de Ultratumba. Tomo I. Madrid: Mellado, Editor, 1849, p. 31.
[2] Palma, Ricardo. Tradiciones Peruanas. Tomo I. Lima: Universidad Ricardo Palma, División Editorial del Diario La República y Compañía Impresora Peruana S.A., 2003,  p. 8.
[3] Ibíd, p. 9.
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