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Las listas parlamentarias para el nuevo Congreso

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Por Francisco Bobadilla*

En países como el nuestro, quien saca la cabeza y el pecho por el gobierno es el presidente de la república. Bachelet, Uribe y Lula dejaron el poder en olor de multitudes. El poder legislativo tiene un protagonismo mucho menor. Está a la sombra del poder ejecutivo. Nuestro actual congreso de la república pasa a la historia con muchas penas y escasísimas glorias. ¿A qué se debe la bajísima aceptación con que los electores castigan al congreso? ¿Crisis del congreso, de la representación o de los representantes? No ganamos gran cosa mirando con nostalgia a los grandes parlamentarios que hemos tenido, pero los hemos tenido: Luis Alberto Sánchez, Víctor Andrés Belaunde, Bobby Ramírez del Villar, Enrique Chirinos, Víctor Raúl Haya de la Torre, Ernesto Alayza por citar algunos nombres que nos son familiares. Y ahora, ante la proximidad de las elecciones generales de abril, se echan las cartas para elegir a los nuevos representantes.

Caricatura de Carlín. Diario La República

Les queda grande el apelativo de padres de la patria a nuestros congresistas, pero no por ello el apelativo es incorrecto. Y viene bien que lo recuerden los aspirantes a los curules parlamentarios. Lo dice la Constitución Política del Perú: “los congresistas representan a la Nación. No están sujetos a mandato imperativo ni a interpelación”. Es decir, el congresista no es un mandatario que recibe unas órdenes precisas de sus electores y se olvida del resto. Ha de gestionar la cosa pública mirando a su barrio, al partido político y al pueblo peruano a la vez, tratando de conciliar los justos intereses locales con los grandes intereses nacionales. Tiene que legislar para el pueblo, pero también sobre el pueblo: no es un mero recadero de particularidades y excentricidades partidarias. Desde luego, tiene que tener sensibilidad para captar las demandas reales  del ciudadano de a pie; pero también ha de poseer las competencias adecuadas para gestionar con calidad el oficio para el que ha sido elegido.

Me parece que es en este último aspecto en el que se ha insistir más. Es decir, el problema del congreso no es que falte democracia en la representación, sino calidad en el representante. Los partidos políticos lo saben y, como ha dicho Toledo, se tiene que poner la lupa en el “cv” de los candidatos de las listas parlamentarias. Es un principio de selección que se continúa con el voto informado de los electores en el ánfora dado que de un congresista esperamos que cumpla con su oficio, por lo menos, con la misma diligencia con la que un abogado actúa  cuando nos representa en un juicio. Si contratamos al abogado es, precisamente, porque sabrá defender nuestros intereses mejor que uno mismo.

He querido insistir en la idea del “oficio de congresista”.  La palabra oficio deriva del latín “officium” que significa servicio, cargo, deber y obligación. Aquí está la grandeza de esta tarea. No son las inmunidades, ni privilegios los que cuentan –aunque existan-, es el servicio responsable lo que importa. Hay quienes se quedan con el oropel: “soy congresista, abran paso”. Triste y ridículo papel. Han dado la espalda a los problemas y oportunidades que se abren para nuestro país. El congresista requiere de humildad, ingenio, capacidad dialógica, intereses amplios, sentido de responsabilidad, espíritu de servicio, magnanimidad. Es decir, como cualquier otro oficio, necesita de unas competencias operativas y valorativas que no se improvisan. El entusiasmo del “yo, yo, yo” o la popularidad son sólo el inicio. Luego vienen las horas de codo para estudiar y una probidad, por lo menos, a prueba de facebook o wikileaks. Por tanto, a quien hay que pedirle más no es a la representación, sino al representante.

Piura, 7 de enero de 2011
*Blog Tertulia Abierta
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