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Otra visión de la Gesta Libertadora en América (II)

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 Punto de vista del Marqués de Valle Umbroso

sobre los procesos independentistas

Por Alexis Arévalo Vergara

El VII Marqués de Valle Umbroso sirvió en el ejército realista por muchos años, ya se encontraba incorporado en el año de 1799, fecha en la que al parecer ya estaba solicitando la merced de ser Caballero de alguna de las cuarto Ordenes Militares (Ver: Archivo General de Simancas, Secretaría del Despacho de Guerra, SGU, LEG, 7111,25), honor que finalmente conseguiría en la segunda década del S. XIX con la ansiada concesión de hábito de Caballero de la Orden de Calatrava.

Fue muy cercano al Virrey D. José de la Serna (que más tarde sería Conde de los Andes), y quien comisionó, al Marqués de Valle Umbroso, a la Corte Madrileña solicitando que fuera su representante para así solicitar ayuda desesperada para el ejército realista en el Perú, que al parecer había sido abandonado a su suerte por la metrópoli, que continuaba en momentos turbulentos y que fueron aprovechados por los demás países para conseguir su independencia.

Fue así que, ya en Madrid, D. Pedro José de Zavala y Bravo, escribió una carta fechada el 20 de noviembre de 1823 (Ver: Archivo General de Indias, Unidad Estado, 74, N. 59), en la que relata los sucesos tanto del Perú como de toda América, dando sus puntos de vista y soluciones que él consideraba procedentes. Es así que el Marqués, cuenta a S.M. el Rey Fernando II, que corrió peligro viajando hacia España en tan álgidos momentos, ya que en pleno viaje fue apresado por los enemigos de la corona y despojado de todos sus papeles y bienes personales. Así mismo, relata que hubo de “abandonar por tiempo indefinido, y con riesgo tal vez de no volver a verlos, mi suelo natal (Perú), mi casa, los cuantiosos bienes heredados de mis mayores, mi esposa en fin vuestra Marquesa de la Puente y Sotomayor y ocho hijos”.

Era la finalidad del Marqués en Madrid el de “continuar solicitando y proponiendo las mediadas” que en su opinión le parecieron las más “convenientes a fin de salvar el Perú de la dominación enemiga”; para así acabar con los males que se iban a dar a futuro sino los lograban vencer, eliminando de una vez por todas “los proyectos de los caudillos obstinados de la falsamente prometida libertad y de la lisongera independencia”. El Marqués daba muestras de sinceridad y activo interés para que el Rey conservase el Perú, que en su opinión era una “piedra tan preciosa” de la que no debería fácilmente desprenderse.

El Marqués continúa con una crítica sobre la apatía generalizada de los españoles el de no defender con ahínco sus vastas posesiones y que de ser el Perú “el país del oro y de los frutos más apreciables para la vida”, era ahora “un techo de desolación, de sangre y de ruina”. Como era posible que estén “dispuestos, á consentir y á cooperar a la perdida de un grande imperio; poniendo enfrente de este inmenso interés el particular suyo ó el ageno”.

Luego el Marqués relata la terrible situación de la América en general, comenzando por las provincias de Buenos Aires, de las que indica que fue imprudente Santiago de Liniers y Bremond, Virrey del Río de la Plata (1807-1809), que desarmó a “los cuerpos europeos de Milicias y de poner las armas en las manos de los naturales del país”; luego siguió Baltazar Hidalgo de Cisneros, último Virrey del Río de la Plata (1809-1810), quien cometió errores tan garrafales como el anterior, ya que abrió Buenos Aires a los ingleses para que se establecieran “en aquel territorio adquirir bienes raíces y establecer sus factorías; nada era más natural que el que se fueran pervirtiendo la opinión y que se excitase y aumentara el odio contra los naturales de la España”. El Marqués estaba en lo cierto, una aberración para cualquier fiel a la corona, los ingleses habían sido por siglos los peores y más antiguos enemigos de la España católica y solo habían pasado tres años desde el intento inglés de conquistar Buenos Aires para hacerla su colonia, pero parece que en 1809 ya se había olvidado todo.

De Chile dice que Fernando de Abascal, Virrey del Perú había enviado al Coronel Osorio para reconquistar aquellas tierras, que al final lo hizo pero desobedeció no dando “cumplimento a las ordenes del Virrey para echarse rapidamente sobre Mendoza”, por lo que el problema subsistió; Pezuela, ya de Virrey del Perú gastó del erario de Lima “un millón y doscientos mil pesos” para la reconquista total de Chile; sin embargo, todo acabaría con Chacavuco y Maipú. Sobre Chuquisaca dice que a pesar de su fidelidad y de desconocer a la pretendiente doña Carlota de Borbón, Reina de Portugal que residiendo en el Brasil solicitaba ser reconocida como Reina de aquellos dominios al ser hermana del apresado Fernando VII de España. Pasaría poco tiempo, cuando el mismo ejército se levantó contra el “general Nieto y el respetable intendente de Potosí; Paula Sans, fueron víctimas a un mismo tiempo, de la insubordinación y cobardía de nuestra gente de guerra y del ímpetu y perversidad de los enemigos de la España en aquellas codiciadas regiones”.  

Sobre Quito, criticaba al Gobernador y Presidente de la Real Audiencia, el Conde Ruiz de Castilla, que en su opinión debió reunir además de su “estremada bondad mas fibra, mas ideas militares y la enteresa que exige en todas las circunstancias del Imperio”, cosa que no hizo, llegándose finalmente a la capitulación y rendición ante el “insurgente Bolívar; que buscaba (…) hechar de toda la América del Sur las armas españolas”. De Guayaquil, comenta que no hubo “el vigor y el talento necesario para neutralizarlos ó resistirlos”; incluso D. Pacual de Vivero, Gobernador realista de Guayaquil fue asimilado a las fuerzas de San Martín, colocándolo éste como Comandante del apostadero del Callao. De Panamá, solo dice que aunque hubo fidelidad, el ejército realista estaba en una “deplorable situación”, terminando por ceder a las presiones.

Es así que llegamos al Perú, era nuestro país el último bastión de la corona española en América del Sur. Había sido invadida por D. José de San Martín, que logró asentar su ejército, en nuestro país, gracias a la inoperancia del Virrey Pezuela que no pudo repelerlo cuando se encontraba tan solo a una “cincuenta leguas de Lima”; a esto se le debe sumar las ganancias de aquel ejército en el Mar, seguro respecto a las correrías de la Armada de Lord Cochrane. Finalmente el Marqués de Valle Umbroso comenta que es Simón Bolívar el “principal en la escena de esta guerra”, y que en su opinión buscaba “establecer su imperio sobre el Perú y en la misma capital Lima, para agregarle Chile y Buenos Aires”.

El Marqués no estaba tan alejado de la realidad, no olvidemos que terminada la Gesta Libertadora, surgió la Dictadura de Bolívar que con la Constitución Vitalicia de 1826 intentaba perpetuarse indefinidamente en el poder. Esto finalmente llevaría al rompimiento del Perú con el Libertador, suscitándose la primera guerra de nuestro país como país independiente; así lo expresa el Dr. D. Víctor Andrés Belaúnde, quien en su libro “La constitución inicial del Perú ante el derecho internacional”, llega a la conclusión de que “la guerra entre el Perú y Colombia no fue sino la consecuencia de la situación creada en los países andinos por la Constitución Vitalicia”.

Finalmente, el Marqués de Valle Umbroso da la solución que es que “la suerte del Perú y de todas las Américas de vuestra corona depende principalmente de la elección de las personas a quienes se fíe su mando militar, su administración y su justicia”; así como el apoyo necesario de una buena armada que defienda los intereses de la corona en el mar, terminando con el sitio que sufren los realistas en toda la costa del Pacífico. Solo así se podrá “mantener la fidelidad de aquellos estados contra unos ataques recurrentes y por enemigos tan falaces y (…) tan terribles; cargados de traiciones y de engaño”.

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