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El buen gobierno*

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Por Edistio Cámere

Imaginemos que en un gran conjunto habitacional, ubicado en una gran ciudad, un experto iluminado, movido por la eficacia y la eficiencia, ‘descubre’ que cada ama de casa prepara sopa según la receta propia de la familia; práctica que tenía visos de ser poco racional: ¡Preparar sopas distintas para las 1,000 personas que allí habitaban! Entonces, se le ocurrió que era mejor cocinar en una especie de olla común una sola sopa para todos los vecinos, argumentando razones de toda índole: ahorro, seguridad, orden… etc. Este buen hombre no cayó en la cuenta que tal propuesta terminaría conculcando la libertad para elegir lo que a cada uno más le agrade. Pretextos siempre aparecen para que el totalitarismo y el paternalismo se activen. No pocas veces el poder del dinero también ejerce dominio, cuando se empecina en multiplicarse restringe información en sus campañas de promoción.

Ante la protesta y desagrado de los comensales, porque la sopa preparada para todos acaba por gustar a nadie, otro experto sentencia cambiar el proceso de elaboración. Se mantendría la olla común con la diferencia que cada comensal pondría los ingredientes de su preferencia; es decir, la sopa sería el resultado de la heterogénea variedad de los gustos de las personas. Sabores en conflicto, más cercanos a la indigestión que a una apetitosa fusión. Cuando el individualismo prima, las intersecciones de las coincidencias son pocas, abundan las diferencias que terminan por imponerse unas sobre otras en virtud del poder individual o grupal.

En el interés o capricho personal desbocados no es posible incluir las demandas del ‘otro’. En algunos casos, se le excluye porque obliga a postergar o impedir su satisfacción plena; y, en otros, se le ‘usa’ como instrumento para conseguirlos. En este contexto se inscribe aquella frase que tiene parte de verdad: “Mi libertad termina donde comienza la del otro…” Para quien habita en un castillo la vivienda rústica del vecino puede ser un estorbo, tanto para sus afanes de expansión o porque el agua del río hace un rodeo antes de llegar a los grifos del palacio. Más que un límite, el compromiso, a decir de Ricardo Yépez, es procurar acrecentar la libertad del ‘otro’, tarea que se torna en responsabilidad. Pero bajo el prisma del individualismo es difícil hacerse cargo de los demás. Cuando el centro es el ‘yo’ y sus solicitudes poco espacio queda para la solidaridad, la cooperación y la acogida.

 Aún otro experto terció ante la patente indigestión causada por la heterogeneidad de los componentes de la sopa: “Que tal si llevamos la fiesta en paz, eliminando aquellos elementos que no gusten a todos; sin discrepar y con extrema tolerancia pongan ingredientes que no afecten los gustos de cada uno, esto es, que sean neutros”.  Sin criterios que unifiquen ni cesiones a favor de terceros el único componente aceptado por todos sería, sin duda, el agua. Conclusión: más que sopa se tendría agua caliente. Tal es el permisivismo: dejar hacer sin solicitar esfuerzos ni compromisos, como si fueran incubadoras de complicaciones. La autoridad tan solo tintinea en luz amarilla porque si todo se permite es que nada es importante ni valioso. De allí al escepticismo y al pesimismo no media distancia.    

Gobernar personas no es sólo un asunto de habilidades de suyo convenientes; también reclama el conocer la naturaleza humana de modo que los mandatos respeten su libertad, su responsabilidad y promuevan la solidaridad. Libertad para que puedan elegir; responsabilidad para que se hagan cargo de las consecuencias de sus decisiones; y solidaridad como principio que mira a la comunicación de los talentos. El buen gobierno más que un cargo es un servicio que mira a remover los obstáculos para que la persona sea más libre, más responsable y más solidaria.

*Publicado en la edición de mayo 2010 de la revista Antesala, Familia, educación y sociedad (Lima-Perú).
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1 comentario

  1. rosario dice:

    Muy buena receta. Libertad, responsabilidad y solidaridad, indispensables para que una nación alcance el bien común.

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