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Por Edistio Cámere

En toda sociedad democrática periódicamente el ciudadano se ve en la tesitura de elegir al candidato de su preferencia, otorgándole  su confianza y delegándole  autoridad  para que conduzca los  destinos de su comunidad o país.  De un tiempo a esta parte, entre otras razones por el adelanto y gravitación de las comunicaciones, el ciudadano se ve atiborrado de consignas, lemas y propuestas que hacen difícil discriminar y elegir. Los candidatos se esfuerzan por hacerse más vendibles’, utilizando para ello todas las estrategias y técnicas a su alcance.

Este panorama hace que lo que debería ser un proceso de alternancia racional y de ejercicio cívico, termine por convertirse en una especie de feria de ‘productos’ donde con pujante actividad se realza más la presentación que sus contenidos, ante la mirada atónita, indiferente o preocupada de los compradores’. ¿Será que las elecciones se están convirtiendo en una mera cuestión de gustos y colores?   ¿O que los candidatos piensan que los ciudadanos carecen de capacidad para analizar y discriminar un programa de otro?

Tal vez tengan el convencimiento que sólo ellos (los candidatos) saben lo que es bueno para los electores; en consecuencia, les interesa resaltar aquello que les garantice una recordación fácil y duradera, aunque sea una propuesta superficial o no relevante.  Pensando en positivo, ¿este afán dirigir desde un puesto público se debe a la creencia -bien intencionada pero no del todo cierta- que sólo se puede servir al país desde  ‘las alturas’? Finalmente, esta atmósfera que envuelve al país, ¿forma parte del sistema democrático?

La era de los independientes

Desde hace varios lustros, por activa y pasiva, se ha denostado a los partidos políticos. El debilitamiento de los mismos ha sido consecuencia del propio accionar de sus líderes, cuyo mayor error, a mi juicio, ha sido no haber dejado paso a las nuevas generaciones y con ellas a las ideas frescas y remozadas, que se acompasaran con la realidad actual del país.  

Hoy en día, presentarse como candidato de un partido político es situarse automáticamente en la oposición, correr el riesgo que lo sindiquen como poco pragmático y le endilguen culpas pasadas. Sin embargo, los partidos políticos tienen la ventaja que proponen un plan o programa de trabajo que nace de una ideología explicativa de la realidad de un país.  Se advierte un esfuerzo intelectual sistemático de interpretación y análisis en torno al cual se agrupan y adhieren un nutrido número de seguidores y a partir de allí se proponen los proyectos y las acciones a corto, mediano y largo plazo. 

En resumen, el partido político postula ideas y plantea proyectos dentro de un marco de continuidad  y permanencia.  Esto es lo importante, independientemente de que uno pueda estar a favor o en contra, de acuerdo o en desacuerdo.  En el caso de los independientes el asunto es más libre. Tras de sí no existe una ideología o conjunto de ideas con las que fundamentan y explican su plan de trabajo. Cuando un conjunto de personas no se articula en torno a unas ideas sistemáticas madres que marquen su derrotero político, terminan agrupándose en torno a intereses personales, a soluciones coyunturales o a propuestas de corto plazo. Esto explica la ingente variedad de ofrecimientos de toda índole que miran inmediatamente a la captación de votos.  Consecuentemente, el énfasis recae en ‘quién’ y ‘qué’ se ofrece.  

La presencia pujante de los independientes en la palestra política ha modificado el contenido y las estrategias de las campañas electorales. El marketing es ahora el gran aliado de los candidatos, sugiriendo la ‘mejor sonrisa’, ‘la respuesta menos comprometedora pero más elocuente’, ‘el acto más humanitario’ y la ‘promesa más popular’. Esta actitud obediente suele confundir a los candidatos, pues por un lado se creen un ‘producto de consumo masivo’, necesario para  el bienestar de todos los hogares; y de otro, su discurso se orienta más a la sicología del consumidor  apuntando a su reacción, al corazón y a la eficacia de la respuesta.  La pregunta es ¿somos simplemente consumidores de la democracia o somos ciudadanos que quieren participar en democracia?

 ¿Qué implica votar?

Votar es un mecanismo previsto en una sistema democrático mediante el cual el ciudadano decide y elige a la persona y al equipo que lo acompañará para que  implemente, durante su  gestión, las ideas y proyectos que ofreció durante su campaña. Por tanto, para elegir es necesario conocer, deliberar y finalmente actuar. Si no se conoce o se conoce a medias, no existirá una verdadera elección.  Igualmente, si uno conoce a cabalidad y luego delibera, pero no actúa, tampoco habrá una elección con sustento. Todo quedará solo en buenas  intenciones.       

El debate de ideas, el cotejo de planteamientos es propio de un sistema  democrático, pues es la manera concreta para que el ciudadano pueda conocer y deliberar para luego votar. De no haber un contenido racional en las propuestas, el conocer -acto intelectual-  no tendría la materia prima para cumplir con su cometido. Pero no solamente eso sino que, además, sin conocimiento no hay acto libre y sin libertad no existe responsabilidad. 

Elegir un candidato que presida el Ejecutivo o un representante al Congreso o un alcalde no es una acción banal y menos trivial.  Es un hecho  trascendente porque no solo el ciudadano entrega su confianza y delega su autoridad sino que también, en cierto sentido, hipoteca la historia de su comunidad y su biografía personal.  Esto es la grave.  ¡Cuánto daño pueden causar al país, en su desarrollo, personas que asumen con ligereza la envergadura de su cargo público!  ¡Cuántos daños irreversibles pueden originar, a los ciudadanos en concreto, representantes que solo miran su propio beneficio! 

No debemos olvidar que la función de los gobernantes es el bien común, que incluye el bien particular. Por eso en una sociedad democrática la elección de un candidato es un mecanismo que debe respetar la inteligencia y la voluntad del elector.  No todo debe ser producto del marketing político.  Hay que dar contenidos y planes racionales y viables, porque la democracia no concluye con la proclamación de un ganador. Aquel elegido recibe por delegación de los ciudadanos el poder y autoridad para que pueda realizar una gestión eficiente.  No es dueño del cargo, lo administra y solo temporalmente. Por tanto, el  rendir cuenta, recibir críticas o aceptar sugerencias para mejorar no es señal de debilidad, es más bien una exigencia y un recordatorio de que se está en un cargo por ‘mandato expreso’ de sus seguidores y tácitamente por el de aquellos que por él no votaron.  

A través del voto el ciudadano ‘renuncia’ a ciertos derechos y prerrogativas en favor del candidato electo para que por él gobierne, legisle e implemente políticas.  Pero el conceder  atribuciones no significa otorgar licencias en blanco al candidato para que utilice el poder sin límites. Es inadmisible aquel tan nefasto como extendido prejuicio que reza: “Mientras que haga obras, no importa que el gobernante de turno robe.  Lo malo es cuando roba pero no hace obras”.  Primero, porque es falso que todos los políticos no sean honrados. Segundo, ¿quién me garantiza que las obras que se ejecutan son realmente las necesarias e importantes?  Tercero, el gobernante de turno tiene la obligación moral de realizar obras y no hace favor alguno ni concesión especial cuando las ejecuta. 

El ciudadano debe ser consciente del poder que tiene entre sus manos a través de su derecho de votar. El problema es que la ‘oferta electoral’ es de tal magnitud que por hacerse con la victoria los candidatos tienden a utilizar estrategias que poco o nada tienen que ver con la esencia de la democracia. A la democracia en el Perú le queda mucho camino por recorrer. Y una parte importante de ella son las elecciones, que por cierto no son una dádiva de los gobiernos. Es un deber y derecho de los ciudadanos que debe respetarse y permitirse que se ejerciten en toda su dimensión. Vale resaltar que la voluntad de los ciudadanos no se compra ni con promesas fáciles ni con sonrisas forzadas. La voluntad se conquista cuando se presenta el bien de modo racional, con coherencia y con posibilidades reales de lograrlo. El decidir es un poder y votar es decidir; por tanto, el voto es un poder que debe delegarse en conciencia.

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