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La calidez de los peruanos: un recurso muy valioso

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Por Gerard Gual Arriaga

En Europa resulta banal, por evidente, denunciar la extrema individualización bajo la que se rigen sus ciudades. Podría apelarse, lo cual no dejaría igualmente de ser un tópico, a esa “muerte de Dios” anunciada por Nietzsche, a esa pérdida metafísica que ha sido suplida por los principios básicos del capitalismo más descarnado (y pervertido). El consumo, la competencia, el salvajismo al que los ciudadanos se ven arrojados para sobresalir o, simplemente, para sobrevivir, ha causado mella en el viejo continente.

Uno, bien por su juventud impetuosa o por un espíritu romántico en desuso, lee crónicas históricas, clásicos que muestran la profunda cosmovisión del momento, proyecta su mirada en aquello que ha hecho a una civilización grande, y se da cuenta de que nada de eso se mantiene en pié. En las urbes deambulan individuos atomizados clausurados en su burbuja. Rodeados de tantos es donde uno más solo está, pues el ajetreo metropolitano ha trastornado las relaciones humanas y las ha transformado en meras formalidades, en actos burocráticos. Por ello, por un anhelo inocente y una tierna esperanza, uno se lanza a cruzar el Atlántico en busca de aquellas costumbres perdidas,  en busca del carácter extraviado de su propio país que, por fortuna, espera reconstruir viajando acá y allá. Es este ardor el que me empujó a visitar Perú.

Perú podría envidiar las infraestructuras occidentales, la sanidad y educación pública, la clase media establecida en Europa, pero aún conserva, o mejor dicho, todavía no se ha viciado de los malos hábitos del hiper-desarrollo. El progreso, es innegable, ha traído beneficios tecnológicos, médicos y sociales; pero también ha acarreado esa pérdida de esencia, esa homogeneización que hace que uno no se percate si está en Barcelona, Berlín o Londres.

En mi viaje he podido disfrutar de la espontaneidad sudamericana, de la proximidad de su gente, todavía libre de la reclusión comentada. Se agradece que los vecinos te inviten a almorzar, que conocidos de conocidos se apresuren a ofrecerte alojamiento, que quien acaba de mantener una charla contigo se preste al día siguiente para guiarte por la ciudad. Todavía existe un sentido de ciudadanía donde impera la afabilidad y la cortesía, un carácter hospitalario en el que la atención al prójimo es primordial, un trato humano más cercano, más ingenuo, “más de pueblo” como diríamos en Europa (donde en diez años apenas cruzarás dos palabras con tu vecino). Con todo, en Lima, en la capital, ya se observan síntomas de esa individualización descarnada. Los distritos más prósperos pierden  personalidad, la globalización desdibuja los rasgos característicos de la zona y de sus habitantes. Es una lástima, pero el progreso y el desarrollo deberían poderse integrar en la idiosincrasia del lugar, sin arrancar las raíces.

Sabemos que no basta con ir al café viejo y destartalado que se mantiene igual desde hace cincuenta años en vez de al bar de diseño que la cadena internacional de turno ha decidido plantar al lado de tu casa; los movimientos migratorios, las fluctuaciones económicas, los intereses de las grandes corporaciones, las inversiones de capital extranjero que genera tantos puestos de trabajo… son hechos inevitables que contribuyen a las desestructuración de la identidad nacional.

Parece irremediable, pero siempre que la gente tome conciencia de la índole de su país, se aproxime con respeto a su pasado, a su historia y se sienta orgullosa de su carácter, entonces preservarán la integridad que los hace únicos.

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2 comentarios

  1. Tatiana Coello dice:

    Siendo peruana me siento muy orgullosa al saber que los extranjeros valoran mucho la forma cálida en que los acogemos. Resulta muy satisfactorio recibirlos en este nuestro querido país, ofrecerles todos los recursos turísticos, las maravillas culinarias y sobretodo la posibilidad de conocer un poco más de nuestra nación en el trato familiar, acogedor y generoso.
    Concuerdo completamente con el autor en que esta forma de acoger a la gente es un valor muy especial que todavía conservamos en este lado del mundo y que no debemos dejar atrás. Siendo conscientes de la riqueza de nuestra cultura, de la belleza de nuestra tierra y de la potencialidad de nuestro pueblo no es posible que dejemos de proyectar hacia los demás lo maravilloso que es ser y sentirse ¡bien peruanos!

  2. Gonzalo Puertas dice:

    Estimados Gerard y Tatiana,

    Es cierto que somos muy amables con el extranjero pero creo que debemos empezar por serlo entre nosotros mismos. Es curioso cómo en nuestra propia casa y con nuestra propia gente no lo seamos. ¿Se han dado cuenta, por ejemplo, de la guerra vehicular de todos los días? ¡Entre quienes conducimos un vehículo nos queremos matar! Andamos apurados y no nos importa nada con tal de llegar un poco menos tarde. Incluso molestamos al conductor del costado por molestar en una clara manifestación del síndrome del perro del hortelano que muchos padecemos; unos más, otros menos. Lamentablemente, muchos peruanos nos tenemos un resentimiento que alimentamos todos los días. El Perú se ha convertido en el país del “sálvese quien pueda” y nuestros triunfos deportivos y resistencia a la crisis económica no parecen ser suficientes. ¡¿Qué podemos hacer!?

    Saludos,

    Gonzalo

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