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Sobre los costos: la calidad

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Por Edistio Cámere

Un debate por demás interesante es el referido a los sobrecostos laborales. Un modo prágmatico de zanjar la discusión es determinar si efectivamente existen y si existen, eliminarlos. Sin duda, esta posición atenta contra los derechos adquiridos de un sinnúmero de trabajadores y, además supone que el problema es meramente técnico. Sin embargo, el desacuerdo se origina por el encuentro entre posturas ideologicas contrarias. La corriente liderada por el ente estatal es proteccionista-tributarista; la contraria que, a pesar que recoge la realidad de un mercado globalizado, cae en las fauces del liberalismo. Entre ambas el trabajador sufre día a día, las consecuencias de la praxis de las mencionadas ideologías.

Otra manera de encarar el debate planteado es preguntándose si el Estado tiene real interes en el trabajador y, sí lo tiene, cotejar esa preocupación con sus leyes: ¿Estimulan la creación y distribución de la riqueza que de suyo es lo único que se puede distribuir?  Si bien hoy en día el precio se establece determinando los costos y lo que dictamine el mercado, existe un componente intangible que añade valor al bien o servicio: la calidad.

La calidad es sólo posible por acción del hombre. Pero sí la persona no avisora progreso a través de su trabajo, la calidad de éste será estándar hacia abajo. El error de concepto que anida en la postura proteccionista es que soslaya las diferencias individuales, estimulando la mediocridad castigando a los que destacan. El sentido común nos dice que para proteger hay que igualar. La ley es cuidadosa y exigente con relación al despido de un trabajador, que salvo casos extremos, existe una razón que no es precisamente por méritos.  Sin embargo, esa misma ley no es generosa con los  trabajadores que destacan y contribuyen con eficencia a generar riqueza. Los incrementos están gravados, sí la empresa ha tenido buen año y bonifica tiene que recurrir a artificios técnico-legales para que no se convierta en costumbre.

El empresario debe tener autonomía para ejercer sin cortapisas su derecho a “premiar” a aquellos trabajadores que destacan. Sobre una normativa mínima que asegure los derechos, debe existir una amplia zona de liberalidad que fomente la calidad y el progreso ¿Por qué se tiene que punir a quien se le bonifica por trabajar bien? Da la impresión que el Estado está cual fiera hambrienta a la caza de tributos: apenas advierte una mímina señal de mejora ecónomica se precipita desaforadamente sobre su presa ¿qué otro móvil explicaría que las gratificaciones de Julio y Diciembre estén gravadas?

El esfuerzo, la perseverancia, la lealtad, la honradez, la laboriosidad… son virtudes que añaden valor y calidad al bien producido o al servicio prestado. Es necesario ponderarlas. Un modo es recompensarlas proporcionalmente, cuando las condiciones lo permitan. Pero si el Estado, lejos de promocionarlas, se aprovecha de ellas, la competitividad y la producitividad le serán esquivas. Ningún empresario en su sano jucio, busca desprenderse de sus trabajadores competentes, pero sí se le obliga a ceñirse a la ley, asistirá con desazón, en el tiempo, a la pérdida de vigencia de su empresa. Por su parte, el trabajador irá perdiendo la ilusión profesional. Empresarios y trabajadores quieren progresar, no quieren tanto protección que seque su vitalidad.

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