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Los nombres de nuestro continente a la luz del arribo de Colón*

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Por Carlos Arrizabalagalos nombres de américa

Cristóbal Colón pensaba llegar a Asia y por ese motivo este continente fue conocido durante mucho tiempo como las Indias, o las Indias Occidentales, aunque para los españoles era aquello que estaba ultramar, dada su perspectiva geográfica. El cronista italiano Pedro Mártir de Anglería formuló el concepto de Nuevo Mundo para denominar todas aquellas tierras que parecían jóvenes a la vista de la vieja Europa, que conservaba en la escritura la memoria no solo de los siglos de la Edad Media sino de los viejos imperios de Grecia y Roma.

Los españoles de hecho aplicaron este recurso para referirse a México como Nueva España o llamar Nueva Granada a la actual Colombia, igual que luego los colonos ingleses designarían lugares de Norteamérica como New York, New Jersey… Cuando por fin se impuso un nombre propio, fue el de un navegante florentino de segunda fila, Américo Vespucio, quien hacia 1500 llegó al sur del continente y, sobre todo, tuvo el mérito de comprender que esas tierras eran un continente separado del resto del mundo.

Los redactores del primer diccionario de la Real Academia Española (1735) consignaron en la entrada de ‘mundo’ un comentario muy interesante, aunque poco lexicográfico: “Entre los nombres que hasta hoy se han dado a nuestras Indias, ninguno hallo más conveniente y significante de su grandeza, que el de Nuevo Mundo”. Quien escribe no puede mostrarse más explícitamente contrario al nombre con que se conoce hoy este continente, abogando por la denominación que acuñó Mártir de Anglería en 1493 (y difundió luego con sus primeras Décadas de orbe novo, de 1516), antes incluso que el epónimo italiano confirmara que en verdad era ‘nuevo’ (para los europeos su continente a partir de entonces empezó a verse ‘viejo’).

¿Pudo ser Diego de Villegas y Quevedo, el presbítero piurano que colaboró por esos años en la institución madrileña, el autor de esa opinión tan subjetiva? El registro indica que él compuso muchas palabras de la letra ‘M’, así que resulta una conjetura verdaderamente plausible, aunque indemostrable.

Luego de la independencia parecía que los Estados Unidos del Norte iban a monopolizar el nombre de ‘América’, y las expresiones Iberoamérica, Indoamérica o incluso Indo-Afro-Iberoamérica surgidas en Brasil o en México, pretendieron abarcar sin éxito todas las dimensiones del subcontinente en oposición a esa América anglosajona. Aunque es usual en España, país que lo acuñó en el siglo XIX, el término Hispanoamérica reflejaba demasiado los lazos originales de estas naciones con la vieja, arruinada y problemática metrópoli.

La denominación ‘América Latina’ que es lo mismo que decir ‘Latinoamérica’, finalmente logró imponerse aunque nació casi sin querer. El concepto se difundió primero en Francia, en el entorno de Napoleón III, y trataba de demostrar un parentesco de las naciones latinas y católicas frente a la creciente influencia anglosajona, lucha que provocaría finalmente la desastrosa intervención francesa en México. De paso atenuaba la connotación peninsular (allende los Pirineos) de los otros términos. Pero vemos (unos con perplejidad y otros con entusiasmo) que finalmente prosperó sobre todo en los grandes foros internacionales, a pesar de todo, porque expresa sin referencias particulares la herencia cultural de un continente fruto de una historia común.

Resulta curiosa la preferencia cuando la identidad reivindicada se contradice con la cortísima difusión de la herencia que lo motiva. El latín y los estudios clásicos quedaron arrumbados en estos países desde inicios del siglo XX. En España van camino a perderse. En Perú fue la reforma universitaria promovida en los tiempos del presidente Leguía la que suprimió el latín de la Universidad de San Marcos y de ahí se perdió prácticamente en toda la enseñanza. Los estudios clásicos se convierten en capricho de eruditos raros, aunque en realidad mucho tienen que decir –y enseñar– al discurso de la identidad latinoamericana, tan anhelada y tan extrañada a la vez.

Se acusa a los europeos de ser eurocéntricos por haber puesto los nombres de América en virtud a su particular visión del planeta. Pero el que se ofende quiere imponer del mismo modo la suya e ignora que toda visión tiene un centro, y simplemente hay que estar al tanto de la visión del otro: no se arregla nada llamando ‘encuentro’ a lo que es descubrimiento y conquista para unos, y llegada o invasión para otros; porque no fue encuentro para nadie sino sorpresa para todos.

Así también, claro que los términos ‘nuevo’ o ‘viejo’ son relativos y no hay más que discutir. También ‘latino’ es un término no tan arbitrario que tiene un motivo particular. Pero es que toda denominación refleja una visión de las cosas y aunque pronto se convierta en un membrete arbitrario -cuyo motivo inicial apenas cuenta o con el tiempo se olvide completamente en la sombra de lenguas ignotas- su adopción por las mayorías indica que comparten, más allá de la distancia de los océanos, una misma visión del mundo. No se imponen por coacción ni por mera necesidad, sino por simple coincidencia de pareceres.

Y aunque los españoles quieran sentirse importantes diciendo: ‘Hispanoamérica’, tendremos que terminar admitiendo que el término más extendido y preferido es ‘Latinoamérica’ y que sus habitantes se reconocen en la música latina, el arte latino y ocupan los barrios latinos de las ciudades a las que emigran.

Omnia perpetuos quae servant sidera motus

Nullum viderunt pulchrius imperium.

————————————————————————————————————–

* Artículo publicado en la Revista Antesala (Lima-Perú), edición octubre 2009.

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2 comentarios

  1. Walter Brunke Ríos dice:

    ¡Muchas gracias por la enjundiosa información contenida en tan breve espacio! Merecen resaltarse, también, las valoraciones y juicios razonables que formulas, tan alejados de las posiciones ideologizadas por razones meramente políticas…

    Muy interesante la referencia a la participación de un presbítero piurano en los trabajos de composición del primer diccionario de la Real Academia Española (1735). Desconocía el caso.

    ¿Hubo otros provenientes también del Perú, según los límites territoriales en aquella época?

  2. Gracias por los comentarios. La vida de Villegas y Quevedo fue descrita por Guillermo Lohmann Villena (1915-2005) en un prolijo artículo de la Revista de Indias de 1944. Diego de Villegas nace en Piura en 1696 hijo de un santanderino casado con piurana, y muere en Cuzco en 1751 siendo tesorero catedralicio y luego de haber dado copiosas muestras de un grave desequilibrio mental. Entre 1730 y 1735 residió en Madrid donde afirma haber aportado numerosas voces al Diccionario que preparaba la Academia.
    Otros académicos peruanos fueron, si no me equivoco, Mariano Joaquín de Carnaval Vargas, conde de Castillejo, a fines del siglo XVIII y su hijo José Miguel de Carvajal Vargas y Manrique de Lara, décimo director de la Academia. Posteriormente lo fueron Felipe Pardo y Aliaga y Ricardo Palma y, actualmente, Mario Vargas Llosa.

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