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El PERÚ: una mirada integral

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Por Edistio Cámere

En cierta ocasión escuché decir a un conocido: “Yo ya estoy mayor, tengo una vida hecha. Me preocupan mis hijos. Para ellos el futuro es incierto. Estoy pensando seriamente en mandarlos al extranjero. Aquí no tienen posibilidades de desarrollo”. No cabe duda que no pocos padres de familia piensan de la misma manera y lo transmiten así a sus hijos. Acepto que aquel comentario es desgarrador, pero esconde un matiz economicista: El futuro personal se resuelve perteneciendo a un mercado dinámico y pujante aun cuando la personal ubicación en aquel sea marginal.

PerúNo cabe tapar el sol con un dedo. El afán de migrar está calando en nuestros jóvenes, que a la larga dejará un gran vacío en el país. No obstante, es una elección libre y por tanto lícita. Mientras tanto, me pregunto: ¿Cómo inculcar respeto y cariño por lo peruano a los jóvenes? ¿Cómo animarles a mirar el Perú con esperanza, como lugar para crecer profesionalmente? Sin duda, las propias familias tienen el rol protagónico en esta cruzada.

Sabemos por experiencia que una indicación genérica o abstracta no facilita una respuesta educativa. Decir a los alumnos que amen su país no pasa de ser un anhelo estético. Creo que conviene orientarlos a que se hagan cargo, desde su razón, que el Perú es un país en proceso de síntesis en donde la diversidad no se contrapone a la unidad. Y para que se hagan cargo, es buena práctica pedagógica procurar que no se aparquen en lo accidental sino que transiten hacia lo esencial. Las siguientes reflexiones intentan caminar por esa ruta.  

No es fácil mirar al Perú racionalmente. Siendo sus hijos participamos y pertenecemos a una misma cultura, que informa nuestros juicios y matizan los afectos, las emociones, los gustos, las expectativas, los desagrados… Además, la mirada suele ser parcial, depende desde dónde y qué se observe de la realidad. Un solo golpe de vista no abarca la complejidad y las potencialidades del país. Por lo general, los noticieros, como los personajes agoreros, no se equivocan en sus comentarios y apreciaciones; algo de verdad tienen, lo que ocurre es que focalizan sólo una parte y desde allí pretenden explicar el todo. La generalización tiende a uniformizar y a igualar en todos lo que piensa o realiza un individuo o un grupo.

Por eso, más que pensar en el Perú es mejor vivir el Perú. Es que vivir tiene unos hitos de los que todos los peruanos comparten: el origen, la tradición, la historia, la lengua, la religión, el suelo, el presente, el futuro; en suma, lo dado y lo recibido. Las biografías de todos y cada uno de los peruanos encuentran sentido y se explican en razón de que se comparte la misma filiación, tenemos un mismo padre: el Perú. Por eso ser peruano es un hecho ineluctable para quien ha nacido (… “en esta hermosa tierra del sol…”) y que no puede renunciar. Vivir el Perú supone aceptar que se comparte la misma identidad y memoria en la propia identidad personal.

Aquel 28 de julio de 1821, cuando el General San Martín proclama la  independencia  del Perú, no sólo nos libera del dominio español sino que entrega a los peruanos una nación, una patria en ciernes. “La nación no es sólo producto geográfico, ni un conglomerado económico, ni una estructura política; es una integración humana, animada de un espíritu nutrido de las mismas tradiciones y orientada hacia los mismos destinos, y que quiere vivir una vida colectiva” (Renan). La voluntad de la vida en común supone, por tanto, la conciencia de una vocación histórica y de una comunidad de recuerdos e ideas. 

El Perú republicano tiene la impronta del legado indígena y de la herencia española. No es factible negar o privilegiar solo una, so riesgo de pecar de unicistas. El Perú es una nación pluralista, lo cual no implica que haya que desintegrar ni separar acentuando diferencias, pues de ese modo se entorpece la vida en común. Tampoco es constructivo permanecer en el mero reconocimiento de nuestra diversidad. “El pluralismo realista busca la unidad superior de la síntesis” (V. A. Belaunde). La unidad que tiene que caracterizar a nuestra nación se fundamenta en la síntesis que, como afirma el citado intelectual, es viviente, es temporal e inclusiva: incluye lo biológico, lo económico, lo político y lo espiritual.

La peruanidad, que es el encargo histórico que debemos construir y transmitir a las futuras generaciones, es la síntesis de lo español y de lo indígena. La tarea no es fácil. Demanda decisiones radicales que conduzcan a la integración sobre la base de un norte objetivo y trascendente. No debemos alimentar sesgadamente tesis o reflexiones basadas en una suerte de victimismo del Perú como invadido, expoliado y explotado. Tales análisis colocan la inteligencia de los jóvenes al margen de la realidad, de la historia y la dirigen a avivar enconos y rencillas perdiendo oportunidades para aprovechar lo bueno y darle vuelta a lo malo. La memoria de un país es un valor que bien cribado es argumento para la propia memoria e identidad personales. El Perú como nación es joven. Luis Alberto Sánchez diría que “es adolescente” y como tal está en proceso de convertirse en adulto. 

Una mirada unicista, inmediatista y pragmática sólo se detiene en las crisis y en las carencias, olvidando que son accidentales y, no pocas veces, pasajeras. Los populismos se nutren de esa visión mezquina para obtener dividendos en el presente. No construyen, porque en el fondo les interesa exacerbar las diferencias y utilizarlas como plataforma política. Al tiempo que se advierte en ellos una suerte de arrogancia que tiende a considerar a las personas incapaces de resolver sus problemas, de construir y mirar su futuro con optimismo razonable.

La unidad en la diversidad

Los ‘unos’ azuzan, dividen, contraponen, enfrentan. Los ‘otros’ no incitan pero califican, ningunean, lapidan y desestiman. Cada tanto no falta los ‘unos’ que subrayan las diferencias hasta convertirlas en antagónicas. Pero la posición de los ‘otros’ es quizá –en el tiemp – más fragmentaria porque refleja una actitud prejuiciosa basada en la creencia de una superioridad, más que económica, cultural que presume que la mayoría no pueda autodeterminarse hacia su desarrollo y contribuir al crecimiento del país.  Ambas actitudes no promueven la integración ni menos la unidad, todo lo más, es proclive a la formación de reductos infranqueables que terminan en una sutil pero sorda división.

Los unos y los otros atentan contra el Perú. En esto coinciden todos a pesar de la distancia ideológica. El error de los unos es su afrenta a la unidad; y el de los otros es su afrenta a la diversidad. El Perú no es una idea, ni una entelequia capaz de admitir propuestas que se acomoden a devaneos intelectuales. El Perú es una realidad, es una historia común en la que se incluye las biografías de todos y cada uno de los peruanos, en donde se recoge su afán y lucha por realizarse y progresar. La historia predica la unidad y las biografías la diversidad.

La unidad en el origen no excluye la diversidad de individuos, de costumbres, de pueblos, de culturas, en el seno de una misma nación. La diversidad, que es riqueza y potencial de un pueblo, predica las naturales diferencias individuales y el despliegue de la libertad humana. Las diferencias individuales no son constructos sociales, son realidades humanas que permanecen y deben ser convocadas a la colaboración recíproca dentro de un todo nacional.

Para las concepciones colectivistas el hombre es igual: anula al individuo. Por el contrario, la liberalista sostiene que el hombre es pura autonomía, que se construye solo, los demás compiten o le sirven para conseguir sus metas: lo social no interesa. ¿Cómo resolver el dilema?  ¿Los hombres son todos iguales? No. Una persona concreta no se encuentra un día por la calle con una duplicación o copia fiel de ella misma. Si así fuera no hubiese personas, habría un único sujeto repetido sucesivamente.

La falta de igualdad predica diferencia, oposición. Pero esa oposición no tiene que ser dialéctica contraria ni menos antagónica; más bien, es una oposición de complementariedad: se excluyen pero que a la vez se reclaman recíprocamente y se necesitan. Por eso el ser humano es capaz de convivir con fecundidad a pesar de las diferencias individuales. Un ejemplo patente, entre otros, es la relación que se establece entre un padre y su hijo.

La unidad y la diversidad coexisten en un país. De allí derivan sus posibilidades de desarrollo. Vivir sin reconocer y aceptar la propia filiación común engendra conflicto, rencilla, indiferencia y, lo peor, se convive con los connaturales o próximos como si se estuviera ante extraños. De igual modo, vivir sin reconocer y aceptar la identidad personal de los demás conduce a arbitrariedades, a igualitarismos, al despotismo, dominio del más fuerte y a leyes injustas pero, sobre todo, anula la natural inclinación de contribuir desde la propia diversidad al bien y al desarrollo de la sociedad.

La unidad no se consigue con gustos, ideas, conducta y actitudes iguales o uniformes. La unidad se alimenta de grandes principios: el mismo origen, la historia, la tradición, la lengua, los valores patrióticos, la religión, la ideosincracia… en suma, lo que sería el ethos social. La unidad no anula la diversidad, la presupone.

La diversidad implica ciertamente pluralidad, tanto en las opciones como en las conductas emitidas con arreglo a la propia percepción de la realidad, las que no siempre concuerdan con la de uno. Aceptar este pluralismo conduce al respeto y a la búsqueda de los principios o sentimientos que unen, fuente de la una sana convivencia y productiva participación.

La aceptación de la unidad en la diversidad contribuye a construir la convivencia pacífica en un país. Es cierto que por razones de función al gobierno de turno le compete mayor responsabilidad, pero cada peruano no ha sido neutral ni ajeno en la configuración del actual rostro del Perú. El cariño a la patria nos hace responsables frente a ella, que no es una responsabilidad maximalista, es decir, que uno se hace cargo de todos los problemas y de sus soluciones, porque esto conduce al agobio y es germen de las utopías violentistas.

Tampoco es una responsabilidad minimalista: mientras nada afecte no se responde; generando así un individualismo exacerbado o indiferencia. El cariño al Perú conduce a una responsabilidad consecuente con la proximidad y la cercanía: somos responsables de lo que cae dentro de las propias posibilidades, inscritas en los ámbitos donde habitualmente se vive y de los talentos y capacidades que nos distinguen. En la familia, en el centro laboral, en la urbanización, en los centros de esparcimiento… son espacios próximos y cercanos que reclaman de cada uno de los peruanos una responsabilidad consecuente, pues desde allí se puede construir una sociedad que promueva la coexistencia fecunda entre los peruanos respetando la unidad en la diversidad.

¿Nos esperan tiempos difíciles? Depende de la actitud con que nos planteemos el futuro. Creo que serán tiempos perdidos y estériles si: a) No somos lo suficientemente capaces e intuitivos para leer entre líneas la situación actual; b) Si no asumimos una posición de entrega y responsabilidad en el campo en que nos desempeñamos; c) Si no perdemos el temor a valorar nuestra cultura, nuestra religión, nuestras costumbres y valores; y c) Si no empezamos a comunicar con firmeza, pero sin sectarismos, alternativas reales y objetivas que tiendan hacia la unidad. 

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3 comentarios

  1. Tatiana dice:

    Lamentablemente no hemos llegado a terminar de comprender que el concepto de “peruanidad” es resultado de la mixtura de la riqueza hispana e indígena. No podemos sentirnos ni más indios, ni más españoles, porque no somos ni lo uno ni lo otro. Somos seres con la identidad de “peruanos”, con todo lo que ello implica.
    Mal hacen aquellos que pretenden confundir a la población indígena y amazónica vendiéndoles el cuento de que ellos son otro Estado y que los demás somos cuasi usurpadores de lo que a ellos les corresponde en este territorio. Indios y todas las otras razas que en el Perú conviven son hermanos, pues todos hemos nacido de una misma madre: nuestra patria el Perú.

  2. Jose Luis dice:

    Soy un español casado con una mujer peruana. Estuve en el Perú por un tiempo y me terminé enamorando de tan lindo país. Cuánto hay de verdad en todo lo que dices. Nada mejor para sacar un país adelante que vivir en él, trabajar por él, luchar por que cada día sea mejor al anterior. Sé, por experiencia, que muchos peruanos sueñan con emigrar algún día, con venir a España, Italia o cualquier país europeo. Asi, piensan, lograrán salir de la miseria, ayudar a sus familias, salir adelante. Una vez aquí, tras un tiempo trabajando duro, se dan cuenta que acá todo sigue igual. Los sueldos son mejores, pero todo cuesta más. Llegar a fin de mes sigue siendo una odisea; entre alquileres, comida, préstamos y lo que se envía al Perú no queda siquiera dinero para salir con la familia. Y encima de todo eso, la horrible losa del sentimiento, de echar de menos cada rincón del Perú, su fabulosa gastronomía, sus costumbres su dia a día….. y el calor de tu hogar, de los tuyos… Soy español pero siento cada día todo eso. Volveré a Perú para quedarme…. Que extraño, Perú cada día más vacía de su gente, y aquí un español queriendo volver. Es la magia del Perú.

  3. pero

    nosotros no debemos vivir de idealismo no nos hagamos ilusiones hay que ser pragmaticos y practicos nada mas asi se desarrolla lqa identidad

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