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La puntualidad peruana

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Por Edistio CámereCampaña 'Perú; la hora sin demora'

 En una animada conversación alguien sentenció: “Los peruanos somos formales para las cosas informales e informales cuando se trata de lo formal”, apuntando una explicación acerca de las diferencias de nuestro comportamiento y el de los norteamericanos. En efecto, los sistemas sociales funcionan en los denominados países del norte. En el nuestro, los sistemas más bien no describen una línea recta sino sinuosa, conformada por inclusiones, exclusiones, desvíos y puentes, que impresionan como ineficaces. 

 Pero, ¿en verdad los sistemas en el Perú no funcionan? Comparados con los de otros países, es posible que nos inclinemos a pensar que no. Pero mirados de tejas para abajo, lo cierto es que sí funcionan. Si comparo un automóvil de último modelo con uno de los ochenta, las ventajas del primero se cifran en: velocidad, comodidades, economía, accesorios, mejor rendimiento… etc. Pero de ningún modo se podría aludir que uno funciona y el otro no simplemente por la diferencia de modelo. Aún así cabe la siguiente pregunta ¿El auto de última generación es mejor que el otro?

La respuesta inmediata puede ser: ¡Obviamente! Pero vistas las cosas con mayor detenimiento no es tan obvio. La palabra ‘mejor’ supone un apreciar, un valorar y un estimar, verbos que expresan juicios singulares resultantes de las necesidades e intereses de quien los utiliza. Un carro veloz es ‘mejor’ para quien viaja con frecuencia o para el joven amante de sensaciones fuertes. Pero no necesariamente es ‘mejor’ para aquella persona que disfruta de los paseos mirando los paisajes. Sin embargo, de ordinario se clasifican las cosas por su ‘eficacia utilitaria’ sin considerar el sentido o fin que tienen en sí mismas y que tienen con arreglo a los distintos usuarios.

Un sistema social se distancia de otro cuando deviene obsoleto, cunde un radical desorden y cuya recomposición obliga  a que se instaure un nuevo sistema. Sus accidentes -bueno, eficaz, organizado, responsable (…)- no definen la preponderancia de uno sobre otro, sino simplemente marcan sus diferencias. Y las diferencias de suyo no son negativas. Sirven para afirmar la propia identidad,  reconocer las fortalezas y apuntalar las debilidades.

Al afirmar que el peruano es ‘informal para lo formal’ se está reconociendo un modo de comportamiento generalizado que engloba todas las interacciones y todas las circunstancias. Sin embargo, tal sentencia admite matices en su interpretación. Suele catalogarse al peruano como impuntual y su generalización no guarda estricta relación con la realidad de un sinnúmero de habitantes del Perú. En primer lugar, porque dicho comportamiento supone una elección con arreglo a la propia conveniencia, a la categoría de la situación o a la costumbre de quien convoca. En segundo lugar, tras ese comportamiento el factor cultural juega un papel significativo que en cierto sentido lo explica.

En términos generales, el peruano acude más veces fuera de la hora señalada a las ‘reuniones sociales’ que cuando se trata de reuniones ‘formalmente serias’. La relación amical o cercana contemporiza más con lo afectivo que con las ‘formas’, a tal extremo que con una simple justificación: “El tránsito…” el mal momento que pudiera ocasionar la tardanza se diluye con la mera presencia o el saludo efusivo.   No es que la puntualidad no se reconozca como un referente social sino que se valora y, por tanto, se hace explícita en orden a la percepción que se tenga de la  circunstancia en la que ella deba determinarse.

Una cualidad que distingue al peruano es su ‘afectividad’ que, sin llegar a ser una virtud, orienta su conducta. A ella hay que recurrir para comprender el por qué se hace cuesta arriba la eficacia de nuestros sistemas o normas colectivas. Decía que nuestra afectividad no es una virtud porque es estimulada no por lo racional cuanto por la amistad, lo sentimental, la debilidad, por el quedar bien, por los lazos familiares… etc. Todo ello contribuye a incumplir sin conciencia culpable con los sistemas formales, cuyo ingrediente principal es que son impersonales.

El funcionario ante un anónimo parroquiano resuelve su expediente en ‘siete días’.  Pero si quien se lo solicita es el amigo de su compadre, ese mismo expediente lo entrega a los ‘tres días’; pero si es más próximo afectivamente, actúa con extremada diligencia que lo sorprende diciéndole: “Regresa a la tarde”. Entonces surge la duda: ¿Es que tiene poco trabajo? No es cuestión de mucho o poco trabajo, es un asunto de sentido: su gestión tiene nombre propio. El mismo criterio de actuación se puede hacer extensivo a otros ámbitos de nuestra sociedad. Sin lugar a dudas, la afectividad como modo cultural hace más onerosa la viabilidad operativa de nuestra sociedad como sistema compacto y fluidamente ordenado.

No obstante todo ello, dentro de los grupos sociales la afectividad tiene relevancia.  Los compromisos asumidos ante un tercero no reclaman de papeles para honrarlos. El sólo hecho de “no quedar mal con el compadre, amigo…” es suficiente. La afectividad es más evidente entre los miembros de una familia nuclear y extensa que, dicho sea de paso, constituye el reducto ante la escalada liberal que propicia su disolución.

Los sistemas formales impersonales que miran al bien de la organización social en su conjunto, en el Perú, no vinculan y por tanto no operan con la eficacia esperada. Todo lo contrario ocurre en los grupos sociales donde las relaciones por ser personalizadas vinculan y, en cierto sentido, obligan a un comportamiento coherente con lo acordado o pactado.

La gran cuestión es la de extender a toda la sociedad el comportamiento vinculante y eficaz con que se conducen al interior de los grupos sociales.  Mientras prime lo afectivo como modo cultural y no como virtud, el sistema social peruano no cumplirá su rol organizativo como un todo integrado y ordenadamente fluido. Pero tampoco es saludable para la sociedad que lo formal-impersonal ahogue las relaciones personalizadas que se establecen en los diversos grupos sociales que ella cobija.

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2 comentarios

  1. Walter Brunke dice:

    Edistio:

    (“Una cualidad que distingue al peruano es su ‘afectividad’ que, sin llegar a ser una virtud, orienta su conducta. A ella hay que recurrir para comprender el por qué se hace cuesta arriba la eficacia de nuestros sistemas o normas colectivas.”).

    (“La gran cuestión es la de extender a toda la sociedad el comportamiento vinculante y eficaz con que se conducen al interior de los grupos sociales. Mientras prime lo afectivo como modo cultural y no como virtud, el sistema social peruano no cumplirá su rol organizativo como un todo integrado y ordenadamente fluido.”).

    Pienso que has dado en uno de los clavos (o causas radicales) que se alojan en el trasfondo de nuestros problemas nacionales. Tu planteamiento sociopsicológico sí que es innovador en las circunstancias actuales. Trae aires frescos, siguiendo la buena tradición de los peruanistas serios y auténticamente coherentes con la Peruanidad.

    ¡¡Gracias por tu aporte!! Esperamos que surjan investigaciones universitarias y mucho diálogo científico interdisciplinar al respecto.

  2. Joaquín Schwalb dice:

    Puede parecer desesperante, pero lo anotado es consistente con la importancia que se otorga a las relaciones o redes sociales, lo cual humaniza nuestras relaciones formales (laborales, jerárquicas). El contra que digo es desesperante es la falta de consideración al tiempo ajeno, pues uno depende de la voluntad el otro, y esa es una de las taras que tenemos al desarrollo, un freno que nos resta la dinámica ejecutiva que se necesita para avanzar y “hacer cosas” aquí en el país.

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