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Jaque mate a la Universidad

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Por Edistio Cámere

universidadLa sociedad actual es eminentemente activa, y desde esta óptica se corre el riesgo de juzgar y analizar la función y la esencia de los centros de educación superior. Sin embargo, la misión de la Universidad no se agota en la esfera de lo útil y mensurable, tampoco en la generación de profesionales eficientes que contribuyan al desarrollo de las empresas que los contratan. Su compromiso es con la sociedad en su conjunto, independientemente del número de estudiantes, de las carreras que pueda ofrecer, de su aspecto jurídico-administrativo o de su capacidad económica. Estas y otras características pueden influir en la consistencia de sus servicios, pero no cuestionar o anular su misión cara a la sociedad.

A nuestra sociedad posindustrial le interesa ordenar para sus fines -economía globalizada, mercado, libre competencia, productividad, resultados cuantificables… – a las instituciones educativas. Estas, en rigor, ni fabrican ni producen: forman personas, que en la universidad implica el cultivo del intelecto. El para qué y cómo se apliquen los conocimientos es potestad absoluta del egresado. Por tanto, la Universidad debe ser eficaz y eficiente por ella misma y no en función de las necesidades de uno o más sectores productivos de la sociedad. 

En consecuencia, conviene afirmar que la técnica no tiene por qué producir forzosamente unos efectos determinados, en una dirección concreta, sino que depende de la actitud del hombre, de cómo él la utilice. El futuro no está determinado tecnológicamente. La técnica por sí sola no va a traer de manera necesaria ni un progreso en la comprensión de la realidad, ni un reforzamiento de los vínculos sociales  si no encuentra un sujeto libre e inteligente y toda una cultura produciendo ese desarrollo tecnológico sustentándolo y reorientándolo cuando las circunstancias así lo exijan (Carmen Innerarity). 

En efecto, si el hombre está detrás de la técnica y de la economía, a la Universidad no le competen como tal esos campos. Lo práctico, lo experimental le conviene al particular, sea aquel una persona o un ente productivo. A la Universidad le corresponde lo universal, lo teórico. Desde esta perspectiva se ‘comunica’ con los alumnos y la comunidad en general.

La unidad del saber  

Con buen criterio Ortega y Gasset afirma que la enseñanza universitaria está integrada por tres funciones: La transmisión de la cultura; la enseñanza de las profesiones; y la investigación científica y educación de nuevos hombres de ciencia. Todas ellas, al mismo tiempo, descansan en una principal actividad: el quehacer intelectual que informa la dinámica de la universidad. Al hablar de intelectual no me circunscribo al método o análisis propios de los estudios superiores. Me refiero, además, a orientar los saberes hacia sus orígenes, es decir, al conocimiento de los primeros principios y de las primeras causas. El rigor intelectual permite descender a las ‘profundidades’ de una determinada rama del saber. La honradez intelectual, por su parte, acicatea para transponer los linderos de la verdad particular para confrontar su coherencia con la verdad.

En la sociedad, por su misma naturaleza, se advierte una división del trabajo, una especialización de los conocimientos. En la Universidad, por su misma esencia, se debe tender más bien hacia la unidad del saber. Desde esta vertiente, no solo aportará profesionales idóneos sino que también podrá remansar y canalizar los saberes para ofrecerlos en forma asequible, atrayente y sugestiva a la sociedad entera.  Es en el terreno de las ideas donde germinan las concepciones, los puntos de vista y las opciones que conducen a toda sociedad.  ¡Qué mejor labrador que la Universidad para cultivar, abonar, limpiar y podar en ese campo tan vital para la sociedad! 

“La mayoría de los hombres recogemos lo que se ofrece a nuestra consideración, pero sin analizarlo; de este modo nos vemos convertidos en realizadores prácticos -y pasivos- de lo que los pensadores han ideado para nosotros. La colectividad de ideas se forma, en cierto modo, sobre la base de las ofertas de una minoría de autopensadores” (Rafael Gómez Pérez). La Universidad, por detentar la responsabilidad -recibida de la sociedad- de cultivar y formar intelectuales, no puede sustraerse -por justicia- del compromiso de ofrecerle ideas claras y firmes sobre el universo, convicciones positivas sobre lo que son las cosas y el mundo; sobre el ser humano… En pocas palabras, le compete proponer caminos y norte a su medio circundante.

Mediante lo propio de ella, la cultura, la comunicación y la enseñanza, puede contribuir a que los miembros de la sociedad civil puedan conseguir con relativa facilidad y plenitud su propia realización. De esta manera, la Universidad, desde su esfera intelectual, cumple una función social de primer orden.

Jaque a la reina

En una partida de ajedrez, no bien comenzada, perder a la reina implica desarrollar un juego con la amenaza de una anunciada ‘muerte súbita’. A la Universidad le puede estar ocurriendo algo similar. Entregar la ‘reina’ de las ideas, del discurso y análisis teórico, de la investigación científica, del diálogo y debate cultural -aún sabiendo del valor que tiene en sí misma- es ‘jugar’ sometida al riesgo eminente para que lo meramente tecnológico, productivo y práctico, especificados en los distintos sectores de la sociedad, le hagan el ‘jaque mate’.

La Universidad tiene un ritmo propio, una cadencia singular que se acompasa con el quehacer intelectual. El ajetreo diario, que reclama operaciones y resultados inmediatos encuentran su curso en la actuación y en el hacer. Por tanto, los resultados que a la Universidad se le puede reclamar están más en la línea de la exigencia académica que haya impreso en la preparación de los estudiantes al término de su proceso.

Exigirle pan, cuando lo suyo es la harina

La Universidad no es responsable directa de la situación por la que atraviesa un determinado país. Más bien, por quererla conducir y exigirle lo que no le corresponde ha ido perdiendo perspectiva para aportar, desde su propia óptica, alternativas y posibilidades para el desarrollo del país. El poder que otorga el asignar recursos no debería maniatar -en rigor, no es un problema de montos o cantidades, es un asunto de criterio y principios- el desenvolvimiento de las instituciones educativas, más bien debería facilitarles o allanarles el camino para que cumplan su misión. Tampoco el mercado, en este caso, es un buen rector.

Las universidades, hijas de este tiempo, deben reencontrarse ellas mismas volviendo a sus raíces, que se cimientan en la ‘universalidad’.  De igual modo deben desprenderse de todas aquellas obligaciones o cargas adjetivas que con el paso del tiempo asumieron con resultados onerosos para su propio quehacer.

Finalmente, si la Universidad contribuye al bien común a través de la formación de profesionales intelectuales y enriqueciendo la cultura, le corresponde a la sociedad y al Estado facilitarle las condiciones necesarias para que cumpla y siga cumpliendo su misión. Ir más allá de este lindero es atentar contra su autonomía y contradecirse con el axioma principal del liberalismo “los precios los regula el mercado”.  ¿Por qué será que este principio no se aplica a la educación? ¿Será porque el ente gubernamental sabe que es allí donde se forman personas y cuajan las ideas?

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2 comentarios

  1. Walter Brunke dice:

    Edistio:

    (“La Universidad no es responsable directa de la situación por la que atraviesa un determinado país. Más bien, por quererla conducir y exigirle lo que no le corresponde ha ido perdiendo perspectiva para aportar, desde su propia óptica, alternativas y posibilidades para el desarrollo del país.”).

    (“Las universidades, hijas de este tiempo, deben reencontrarse ellas mismas volviendo a sus raíces, que se cimientan en la ‘universalidad’.”).

    ¡¡De acuerdo contigo!! Pienso, a manera de ensayo, y hasta donde he alcanzado a ver, que en los últimos 70 años de la historia republicana, salvo excepciones puntuales, las universidades en el Perú, especialmente las públicas, han oscilado entre dos extremos que representan modos distintos de desviación.

    Un primer período, que podríamos llamar de predominio de la ideología sobre la ciencia y lo metapositivo, en el cual la creencia que predomina es la de “politizar” la universidad para convertirla en un instrumento directo al servicio del cambio revolucionario y de los partidos que decían encarnarlo. Así, muchas universidades se convirtieron en campos de lucha por su control administrativo, docente, laboral y estudiantil. Lo curioso, y lo que nadie parece haber anotado hasta ahora, es que la casi absoluta mayoría de las facciones partidocráticas en pugna tenían todas en común el sustrato del materialismo histórico y el materialismo dialéctico a cuestas. Es decir, el método “científico” de interpretación marxista de la realidad peruana.

    Así operaba SL y MRTA; y, -esto es lo que también se ha olvidado- no sólo ellos, sino el resto de partidos adscritos al socialismo marxista: Patria Roja, UDEP, PCR, PCP-Unidad, PSR, Focep, PRT, IU,y demás… Mucho antes, ellos habían desplazado el control que tenían los apristas, que, en cierta manera, mutatis mutando, habían tenido igual conducta… Se trataba de la lucha por el control de las universidades públicas para usarlas como instrumento para sus respectivos proyectos políticos revolucionarios.

    Este predominio se quiebra con la “caída del muro de Berlín”. Como reacción “saludable”, pero también como consecuencia de la nueva moda pragmática, liberal, individualista y economicista llegada con el ex Presidente Fujimori, se establece el predominio de universidades centradas en el particularismo profesional, que podríamos llamar la hegemonía de lo técnico sobre lo metatécnico, -cuyo paradigma es el profesional “exitoso”, dominador eximio de su técnica, apenas cubierto con unas pinceladas de raquíticos cursos llamados Estudios Generales. (Para paliar el reduccionismo universitario, y también como una forma de aumentar los ingresos, se da gran impulso a las Maestrías. Si uno se percata, el peso del interés universitario está hoy más alojado en el post grado, que en el grado universitario.).

    Sin embargo, esta última clase de desviación suele, con mayor rapidez, traer insatisfacciones lógicas, sobre todo en el estudiante universitario. De aquí que hoy rápidamente observamos otra vez síntomas que revelan un lento y paulatino regreso al extremo opuesto. El vicio de la partidocracia empieza a extender de nuevo sus oscuras manos, sobre todo en las universidades públicas, donde algunos docentes, metamorfoseados convenientemente, sólo dormitaban a la espera de mejores tiempos…

    ¡¡Pareciera que, de una u otra manera, seguimos estando, -salvo excepciones, repito-, al vaivén de los anatopismos de moda en el Perú!!

  2. Cephalio dice:

    Sin embargo, una universidad importante de Lima, bajo el lema “Nuevos tiempos, nuevas ideas”, ha anunciado hace poco la creación de la primera Facultad de CIENCIAS del DEPORTE en nuestro país.

    Suponemos que el Perú dispondrá dentro de pocos años de unos magníficos científicos e investigadores del deporte. El fundamento para aquilatar la decisión fue muy contundente:

    “Las Ciencias del Deporte tendrán que ver mucho con la formación integral del ser humano. RECORDEMOS QUE, A MÁS DEPORTE, MENOS CONSUMO DE DROGAS. Sin embargo en nuestro país poco o nada sobre este asunto…” agregándose después que en dicha facultad se formarán entrenadores, árbitros y hasta empresarios, para que de esa manera nuestro deporte sea realmente profesional…

    ¿Desaparecerán en un futuro próximo las similares instituciones educativas superiores no universitarias, para ser absorbidas por el Leviathan universitario? ¿Se está difuminando la diferencia entre lo técnico, lo meramente profesional y lo universitario? ¿O es que se trata de meras formalidades o discusiones semánticas?

    Siento dejarlos, pero una cefalea aguda está inundando mi frente…

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