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Entre la derecha y la izquierda… la sensatez

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Por Edistio Cámere

Los políticos se apuran para definir su posición: unos se ubican aizquierdas-y-derechas-dos_bandos la derecha, otros a la izquierda… para evitar los extremos anteponen la palabra centro. Aún seguimos anclados en el hábito de la simetría política e ideológica de la cual hay que desprenderse sobre todo desde la caída del muro de Berlín. Con el ocaso del sistema comunista, no cabe una ideología absoluta que intente explicar la realidad y que, además, asegure técnicamente su transformación.

 

El Perú vive y se desarrolla desde y en un régimen democrático, por tanto, los mecanismos de participación ciudadana y el Estado de Derecho están, en teoría, consagrados. Esta realidad cierra el paso a propuestas que vayan contra la esencia de la democracia asegurando, en los planes del futuro gobierno, la intervención equilibrada de los poderes del Estado y la concurrencia de la sociedad civil organizada.

 

Por tanto, hablar de izquierda o derecha en democracia no hace sino situar la discusión en la periferia, es decir, insistir en el régimen del Estado -ya definido en la Carta Magna- y no en el corazón mismo de las propuestas.

A la izquierda se ubican quienes propugnan la igualdad y una gravitante intervención del Estado en la sociedad. A la derecha, por el contrario, quienes enfatizan el liberalismo y la libre concurrencia del mercado. Llevadas las cosas al extremo, las consecuencias de la primera posición se expresan: ‘a más Estado menos libertad’; y, en el segundo caso, ‘a más libertad menor responsabilidad’.

 

El Estado no es una entelequia, es una realidad activa que tiene como fin gobernar, legislar y normar. Por tanto, postular su no intervención es un despropósito que atenta contra los principios y criterios organizativos de una nación.

 

Por otro lado, la libertad del hombre no es producto de normas positivas, más bien, es una nota constitutiva de la persona que no puede ser enajenada, pues en virtud de la cual aquella elige, decide y se autodetermina hacia su fin. El hombre es también un ser social, miembro de una comunidad con la que contrae deberes y obligaciones.

 

La convivencia no es un hecho mecánico; es más bien resultado de un querer y de un proceso gradual de aprendizaje. Sabemos que no es fácil, no por lo oneroso de socializar sino porque el hombre al ser libre puede renunciar a las obligaciones propias de la convivencia. Puede aparcarse en un individualismo tal que busque sólo sus propios beneficios, de modo que la solidaridad sea un valor menor con relación a su bienestar.

 

El riesgo de la libertad estriba en que las diferencias individuales se perciben como determinantes de la existencia y no como responsabilidad frente a los demás, en el sentido que aquellas complementan y completan el ser y el estar del ‘otro’.  Los bienes y talentos distribuidos diferenciadamente por la naturaleza tienen que comunicarse estructurando plexos sociales donde todos seamos medios para el fin de los demás. 

 

Por eso, la política no tiene que guiarse por maximalismos ideológicos sino por el ejercicio de la prudencia. Es un arte y no una técnica. Tal como señala Juan Luis Lorda: “Los pueblos no necesitan las ideologías para progresar sino experiencia, sentido común y honradez: sabiduría para gobernar personas y experiencia para gobernar las cosas”.

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