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REFLEXIONES A PROPÓSITO DE LA CUMBRE DEL APEC

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Es indudable que la realización de la Cumbre del APEC en nuestro país representa un gran número de oportunidades diversas (captar el interés de inversionistas, estrechar lazos con las economías más desarrolladas, etc.), pues nos vincula al grupo de países cuya economía concentra el índice más importante del Producto Bruto Interno a nivel mundial. En este sentido, la Cumbre del APEC es una plataforma excepcional para la promoción de la inversión y el comercio en la región.

 

Sin lugar a dudas, el crecimiento económico del Perú en los últimos años es un logro importante, y que éste debe ser mantenido y fomentado es tarea urgente. Pero, por otro lado,  también se debe reconocer que falta la implementación de una política social eficaz que permita la adecuada distribución de la riqueza entre todos los peruanos.

 

En última instancia, es importante señalar que el Desarrollo Sostenible exige asumir una estrategia integral que identifique dos variables fundamentales. Por un lado, las variables de coyuntura, nos permiten resaltar el rol dinámico que en nuestra economía desempeñan las PYMES (Pequeñas y Medianas Empresas), pues son el motor sustancial de nuestra economía y desarrollo; y a ello se suma la firma del Tratado de Libre Comercio (TLC) con Estados Unidos y Canadá, y la negociación actual con la Unión Europea y China, reconociendo las enormes posibilidades que representa, pero sin desconocer los riesgos que ello también implica. Por otro lado, las variables de oportunidad, nos permiten identificar la importancia enorme de la innovación para el desarrollo, en la que Colegios y Universidades tienen un rol fundamental mediante una formación que incentive la creatividad y de prioridad a las habilidades sociales; y a ello se suma la necesidad impostergable de fomentar la vigencia de los valores a nivel personal y social. Esto último lo explicaré con más detenimiento.

 

Hace unos años, en un discurso muy interesante, el señor Octavio Mavila decía lo siguiente: “Y es que las diversas  teorías elaboradas sobre el  desarrollo, así como los diferentes enfoques económicos han cometido una grave omisión que les ha limitado en sus alcances: nunca han considerado el elemento fundamental y vital de toda obra humana: ¡¡ EL HOMBRE !!. “¿En qué teorema económico, o en qué corridas de computadora, o en qué proyecciones macro-económicas o micro-económicas, o en qué fórmula de la más complicada teoría económica, se considera la responsabilidad de un trabajador…..?, ¿Qué valor se le da al orden…..?, ¿Qué coeficiente se le asigna a la honradez…..?, ¿Cómo interviene en los cálculos macro-económico y micro-económico el respeto al derecho de los demás….?, ¿Qué teoría económica se ha planteado alguna vez sobre cuáles son las condiciones humanas pre-existentes que se necesitan para que un pueblo pueda alcanzar la prosperidad…?”.

 

Y a continuación añadía: “Estos dos últimos elementos (se refiere a la capacitación humana y tecnología) son resultado de la EDUCACION, pero no de aquella que es común a los países subdesarrollados como el nuestro, y que sólo incide en conocimientos e informaciones, descuidándose la enseñanza y práctica de aquellas actitudes morales que necesariamente deben tener la mayoría de los habitantes de un país para lograr -junto con políticas económicas y sociales adecuadas- salir del subdesarrollo y de la pobreza que nos agobian, en un ambiente de libertad”.

 

El conocido pensador  E. Schumacher, en su libro “Lo Pequeño es hermoso”, confirma la misma tesis con mucha claridad: “El desarrollo no comienza con los bienes materiales; comienza con la gente y su educación, organización y disciplina. Sin estas tres condiciones los recursos permanecen latentes e inexplotados. Hay sociedades prósperas, a pesar de tener las más estrecha base de riqueza natural. Después de la segunda guerra mundial tuvimos amplia oportunidad de observar la primacía de estos factores invisibles (léase espirituales). Todos los países que tenían un alto nivel de educación, organización y disciplina  -por muy desvastados que estuvieran-, produjeron un ‘milagro económico’”.

 

Es dentro de esta perspectiva que nosotros afirmamos que una estrategia integral que haga posible el Desarrollo Sostenible necesariamente debe partir de fomentar un conjunto de actitudes positivas que permitan transformar lo negativo de nosotros mismos en positivo, para bien de cada uno y del país. Lo antes dicho pone énfasis en la dimensión espiritual de la condición humana, lo que permite entender el vínculo real que existe entre Desarrollo y Cultura. Esta es una convicción profunda que también comparte Lawrence E. Harrison (tesis básica de su excelente libro “El Subdesarrollo está en la Mente”): “La sociedad que tenga más éxito en ayudar al desarrollo cultural de su pueblo, es la que progresará más rápidamente en lo espiritual y en lo material”. Resulta evidente que aunque la fuerza de la cultura no es cuantificable, es el motor del desarrollo, pues las actitudes mueven a los hombres y los hombres construyen el desarrollo.

 

Por consiguiente, frente a tantos conceptos distorsionados que hoy día se difunden para confundir a la gente, nosotros debemos afirmar con convicción lo siguiente:

 

  Creemos firmemente que el hecho de que un  país sea rico no se explica por la cantidad de recursos con que cuenta, y mucho menos por la inteligencia y/o tipología racial de sus habitantes.

 

  Creemos firmemente que la riqueza es el resultado de la puesta en práctica de diversas actitudes morales que son socialmente asumidas y que nos llevan al éxito personal, familiar y nacional.

 

  Creemos firmemente que el progreso material y espiritual de un país solamente será viable si se adopta un esquema de valores correcto; y es que la base del desarrollo está en el hombre, en los valores que motivan su actuación en lo social y le dan el impulso hacia su mejoramiento continuo en lo personal.

 

  Creemos firmemente que  todos los hombres hemos sido hechos a imagen y semejanza de nuestro Creador, y dotados al nacer de una inteligencia que -en todos los grupos humanos bien alimentados y sanos- es similar. Por lo tanto, es el esquema de valores que se tenga lo que define nuestra capacidad de orientar la convivencia social hacia la meta por todos anhelada.

 

  Creemos firmemente que la Familia es el fundamento de toda sociedad,  y por ello es una promotora vital del desarrollo. Es indudable que toda sociedad está constituida por personas, cada cual ubicada dentro de su núcleo familiar; por lo tanto, toda la organización del trabajo, la distribución de la riqueza, la estructura del estado y de sus servicios públicos, así como la plenitud de la vivencia religiosa, tienen su sustento real en la Familia, que es donde la persona tiene y se siente en su sitio.

 

Todo lo antes dicho permite afirmar la  posibilidad de hacer viable una Cultura de Calidad, promoviendo el cambio de la sociedad a partir del cambio personal; sólo así se puede superar ese círculo vicioso de “malos hábitos – subdesarrollo – malos hábitos”, por otro virtuoso: “buenos hábitos – desarrollo – buenos hábitos”. Pero ello sólo es posible a través de los valores morales que deben sustentar todas nuestras decisiones y que deben motivar todas nuestras acciones.

 

Es importante tener en cuenta que en este esfuerzo debemos comprometernos todos, en función a la convicción de que el Desarrollo Sostenible del Perú sí es posible, a partir de asumir las actitudes adecuadas ante la vida, ante el trabajo y ante los demás. Pero recordemos una vez más que la construcción del Desarrollo Sostenible en el Perú -en torno a los valores de una Civilización Solidaria-  comienza con la defensa de la Familia; con la promoción de los valores morales, pilares y garantía de nuestra sociedad; y con el testimonio de nuestra vida personal, teniendo presente que la coherencia de conducta y el cultivo de las virtudes son la raíz de nuestra autenticidad.

 

Escrito por Roberto Armebianchi Melián.

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