Sociedad Amantes del País

GOBIERNO Y EPISTOLARIO DE DON JOSÉ DE SAN MARTÍN, PROTECTOR DEL PERÚ

Por el Dr. José Agustín de la Puente Candamo, miembro de la Sociedad Amantes del País y ex Presidente de la Academia Nacional de la Historia.

La Sociedad Amantes del País invita a sus distinguidos lectores a leer el Tomo XIII de la “Colección Documental de la Independencia del Perú”, obra colosal que se publicó en el sesquicentenario de nuestra independencia nacional. A través de esta introducción, el Dr. J. A. De la Puente Candamo nos refiere el contenido e importancia de dicho estudio, el cual sustenta los orígenes del Perú como un Estado libre. Próximos a celebrar el Bicentenario Nacional (1821-2021) la lectura de este texto nos ayudará a profundizar sobre este convulso y apasionante periodo de nuestra historia.

La obra del gobierno de San Martín en el Perú y el epistolario del Protector del Perú con los peruanos de las horas de lucha es materia del tomo XIII de la Colección Documental de la Independencia del Perú, del cual este volumen es parte integrante.

El objetivo es muy claro: ofrecer la visión de la obra de San Martín como gobernante del Perú. Hay dos etapas precisas, ambas integrantes de la recopilación: la primera, desde el momento de la llegada de San Martín a Paracas, 8 de setiembre de 1820; la segunda desde la proclamación de la independencia  nacional, el 28 de julio de 1821 hasta el 20 de setiembre de 1822, cuando San Martín entrega el gobierno y se retira del Perú.

Evidentemente lo que puede entenderse como obra de gobierno organizada y estable es asunto posterior a la declaración de la independencia y a la instalación del Protectorado; no obstante, desde la llegada al Perú de la Expedición Libertadora hasta julio de 1821 muéstrense diversas disposiciones de orden castrense, relativas a la tranquilidad pública y a negociaciones con los españoles, que pertenecen de manera evidente a la obra de gobierno de San Martín.

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Dr. José Agustín de la Puente Candamo

La antes dicha obra de gobierno se recoge en dos volúmenes de los cuales este es el primero y en él se agrupan, dentro de una clasificación que persigue la mayor claridad posible, los textos legales y las diversas normas.

Sin embargo hay que aclarar que los dos volúmenes dedicados al Gobierno de San Martín, y el volumen que comprenderá su epistolario con peruanos, integrantes del tomo XIII antes mencionado, no son los únicos que registran documentos del antiguo Jefe de la Expedición Libertadora.

En efecto, aparece el tema sanmartiniano en diversos tomos de la Colección Documental, a saber: el Tomo V, vol. 1.° y 2.°, “La acción patriótica del pueblo en la Emancipación. Guerrillas y montoneras”; el Tomo VIII, vol. 1.° a 3.°. “La Expedición Libertadora”; el Tomo VI, vol. 2.° al 5.°, “Asuntos Militares”; el Tomo VII, vol. 1.° al 3.°, La Marina; el tomo XXV “El Teatro en la Independencia”; el Tomo XX, “La Iglesia”; el Tomo XXI “Asuntos Económicos”; el Tomo XXII “Documentación oficial española”, vol. 1.° y 2.°; el Tomo XXIV, “La Poesía de la Emancipación”; el Tomo XXVI, “Memorias , Diarios y Crónicas”, vol. 1.° al 3.°; el Tomo XXIX” Iconografía”; el Tomo XXX, Bibliografía. Igualmente las ediciones de papeles de Unanue, de Reyes, de Riva Agüero, de Torre Tagle y de las Misiones Peruanas comprenden el tema sanmartiniano.

En los diversos tomos antes citados y en sus respectivos volúmenes aparece San Martín de manera exclusiva, o encuéntranse diversos testimonios suyos o de su tiempo.

Lo expresado anteriormente responde al espíritu de la Colección Documental de la Independencia del Perú, que quiere presentar la imagen de la época precursora y de la época de los Libertadores sin recorte alguno y sí con el propósito de aportar a los investigadores el conjunto esencial y diverso para entender nuestra emancipación.

Los peruanos al exaltar el tiempo de los Precursores y al reiterar el encomio de los hombres que nacieron en el Perú y que sirvieron a la Emancipación, y al insistir en el origen peruano de la Independencia y al afirmar que no se nos impone desde el extranjero, no pretendemos ni olvidar ni recorte los aportes de hombres, de ideas o de actividades originados de diversas regiones de América o de Europa.

coleccion

El orden de los dos volúmenes dedicados al Gobierno de San Martín es el siguiente:

  1. El Reglamento Provisional de 12 de febrero de 1821.
  2. Declaración y Proclamación de la Independencia del Perú.
  • El Protectorado.
  1. Documentación varia.
  2. Las Guías de Forasteros.

El primer apartado no requiere mayor explicación; es la reproducción del mismo texto legal.

El segundo, además del acta de la Declaración de la Independencia, agrupa algunos testimonios vinculados con ésta y con la Proclamación. No se desarrolla más ampliamente este tema, pues un tomo de la Colección está dedicada de manera específica a las actas de Declaración y a las ceremonias de Proclamación de la Independencia en diversos lugares del Perú.

La tercera sección de este tomo es eventualmente la más nutrida y la que encierra una visión integral y sistemática de la obra del Gobierno del Protectorado en el Perú.

Bien sabemos que San Martín entre nosotros advirtió desde su desembarco en nuestra costa que tenía entre las manos dos tareas irrenunciables y absolutamente enlazadas la una con la otra: la guerra contra los españoles y la organización del Estado peruano recién fundado.

Como factor que reitera el enlace entre ambos temas hállase en San Martín, como en otros hombres de su tiempo, la preocupación por evitar a anarquía, la gran angustia de la época. Que el bien de la Independencia que se gana con tanto esfuerzo y con tanto dolor, no se pierda la división anárquica entre los peruanos.

La presencia de este legítimo temor a la anarquía está expresa o implícita en buena parte de la legislación sanmartiniana. Precisamente el gobierno vigoroso que San Martín establece en el Perú y las razones por las cuales asume el mando de Protector de nuestra libertad, se explican por su voluntad de afirmar un Ejecutivo fuerte en momentos de guerra y de profunda transición.

Además, la legislación del tiempo del Protectorado es como lo dice el mismo fundador de nuestra independencia una legislación transitoria en tanto que se reúna el Congreso del Perú, y que sólo busca la buena marcha de la guerra y la inicial afirmación de la buena autoridad.

Pero hay algo más. San Martín, y esta es virtud capital que los peruanos no olvidamos, orienta sus disposiciones legales no en función de esquemas teóricos, sino que muy al contrario considera con minuciosidad la realidad peruana para que estos dispositivos legales se conviertan de verdad en instrumentos eficaces. No puede desconocerse que hay en San Martín discreción, prudencia, cautela. La revolución que él encarna, y que es siempre revolución, procura que se presente en el procedimiento y en el progresivo contenido como un cambio no brusco ni violento, y procura, del mismo modo, que la Emancipación no representa una paralización de la vida del Perú.

Piensa San Martín, y está en la entraña de su primera acción legislativa, que lo esencial reside en que el ejercicio del poder pase a manos de los peruanos, a los señores del Perú. En una segunda instancia atiende a que las nuevas normas ganen el respeto y la obediencia de la población; en un tercer nivel, sin que esto signifique una secuencia matemática, hállese inequívoca en San Martín y en su obra una clara preocupación de orden social orientada a realizar el bien común de los peruanos.

Dentro de su ánimo que busca afirmar la creencia en la autoridad y evitar la anarquía, como antes reiteradamente se expresa, aparece en San Martín la forma monárquica como un instrumento transitorio y pedagógico, que significara frente a los días y a las costumbres virreinales una transformación sin violencia, sin riesgo de desacato.

En esta obra esencial de gobierno de San Martín en el Perú entre julio de 1821 y setiembre de 1822, y aun desde la llegada a Paracas, no puede presentarse su política como tarea originalísima o personal. Al lado del Protector en la inspiración ideológica y de la influencia humana y en la amistad se hallan Bernardo de Monteagudo, sin duda el artífice ideológico del Protectorado; Juan García del Río, el hombre fino y culto que orienta múltiples labores con su delicadeza humana; y está igualmente Tomás Guido, amigo cercano de San Martín y siempre leal a su nombre y a su obra.

Y entre los peruanos que se hallan a la vera del Protector  no puede omitirse a José de la Riva Agüero, hombre fundamental en los días anteriores a la Expedición Libertadora y en el proselitismo constante, sin olvidar la posterior y profunda discrepancia con Monteagudo que es asimismo un alejamiento de San Martín; a Hipólito Unanue, en los primeros pasos de la organización hacendaria y en el consejo siempre sabio y discreto; a Torre Tagle, que para San Martín y para el Perú representa el aporte del norte con el pronunciamiento de Trujillo por la libertad, y que colabora con San Martín en el interino ejercicio del poder como Supremo delegado.

Y está presente en los días del Protectorado José Faustino Sánchez Carrión, quien al manifestar su discrepancia con la forma monárquica aporta luces y energía para el esclarecimiento del futuro del Estado en el Perú.

Sin afán hiperbólico alguno, con la mayor serenidad puede decirse que a obra de gobierno de San Martín en el Perú responde a principios sanos, persigue la derrota de los españoles y la firmeza del nuevo Estado, afirma el dominio de la Patria en la mayor parte de nuestro litoral, en la sierra del norte y en alta proporción en la sierra del centro, y durante su dominio se afirma el señorío en los rumbos del mar. Pero hay algo más y tal vez más profundo: San Martín que es el fundador de nuestra independencia, se afana porque ésta no sea el fruto glorioso de un triunfo militar que sus tropas, sino que muy al contrario anhela que sirvan de testimonio para que los peruanos pudieran expresar sin incertidumbre la voluntad separatista.

En fin, como alguna vez lo he expresado, San Martín que desde los días de Abascal piensa en las provincias del Plata en la necesidad de llegar al Perú para consolidar la independencia de América, no es entre nosotros un extranjero, sino un hombre que nace en otras comarcas del Imperio español y que con su espíritu y voluntad separatista y con su conducta discreta se une al destino histórico del Perú.

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Villancicos a Santa Rosa de Lima (1668-1671)

Por Carlos Arrizabalaga Lizarraga, Doctor en Filología Hispánica y profesor de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Piura.

Muchos poetas han escrito composiciones referidas a la vida y la figura de Isabel Flores de Oliva. Tal vez entre los primeros pueden estar unos endecasílabos pareados conceptistas del trinitario valenciano fray Juan Bautista Aguilar. Este elocuente religioso los publicó con el nombre de “Canción a Santa Rosa”, y probablemente tuvo música y formó parte de celebraciones religiosas. Salió impresa en Varias hermosas flores del Parnaso (Valencia, 1680), donde él mismo recoge poesías castellanas de autores famosos además de unas 40 composiciones de su propia pluma. El padre Vargas Ugarte lo dio a conocer en 1951; posiblemente los había encontrado en una curiosa antología reparada por Juan Pérez de Guzmán (1841-1928), publicada en Madrid en 1891, con todas las poesías castellanas que tenían como tema la reina de las flores.[1]

¡Oh, mil veces feliz!, pues que dichosa

en el mundo, jardín, luciste rosa,

y en tu purpúrea flor por su ventura

herido breve pie la dio hermosura,

y a ti en rara virtud, con gran fineza,

larga mano de Dios te da belleza.

Vive entre espinas, reina de las flores,

esa que a hermoso prado ofrece honores,

y entre penas que glorias tú imaginas,

reina resides, siendo las espinas,

quien te fabrica en ansias transitorias,

trono de penas para eternas glorias.

De esos mismos años proceden numerosas composiciones que iluminaron con palabras hermosas las celebraciones de la beatificación y de la canonización de la santa limeña. Han sido estudiadas por el profesor Miguel Zugasti, de la Universidad de Navarra y por la profesora María Luisa Lobato, de la Universidad de Burgos, ambos en España.

Los festejos por su beatificación de Rosa de Santa María tuvieron lugar en la basílica de San Pedro de Roma el 15 de abril de 1668. En Madrid se desarrollaron en octubre de ese mismo año. En Lima las celebraciones acontecieron casi un año después, el 30 de abril de 1669, justo cuando Rosa es declarada oficialmente patrona de Lima y el Perú. Desde entonces se celebra la festividad de Santa Rosa el 30 de agosto de cada año en varios países católicos, mientras que en Europa se celebra su día cada 23 de agosto. El papa Clemente X la proclamó santa el 2 de abril de 1671, y muchos poemas se harán eco de esas fechas de abril y agosto para ensalzar su nombre, puesto que también el nacimiento de la santa fue un 20 de abril de 1586 y falleció un 24 de agosto de 1617.

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Santa Rosa de Lima (1683), óleo sobre lienzo, 240 x 160 cm., realizado por Claudio Coello, destacado pintor del barroco madrileño. Museo Nacional del Prado, España.

El doctor Zugasti ha publicado recientemente la edición filológica de la comedia que Moreto dedicó a Santa Rosa para celebrar que su nombre subía a los altares de la cristiandad. Agustín Moreto y Cabana (Madrid 1618-Toledo 1669) dejó en efecto inconclusa una Comedia famosa. Santa Rosa del Perú, sobre la vida de la santa en dos jornadas que fueron acabadas con una tercera rematada  por don Pedro Francisco Lanini y Sagredo, un autor menos destacado treinta años más joven que Moreto. La obra empieza con unos músicos que cantan alegremente:

Ser reina de las flores

la rosa es común,

y de las reinas, reina

la Rosa del Perú.

Teniendo a Lima el cielo

envidia de su luz,

trocaron sus estrellas

el nácar al azul.

Engrandézcase el Perú

si la plata le enriquece,

que la Rosa le ennoblece

con belleza y con virtud.[2]

La obra celebra beatificación de Rosa de Santa María (1568-1617) y se publicaría en 1671, el mismo año de su canonización como la primera santa americana.[3] Su representación formó parte de los festejos religiosos que se celebran en España y el Perú en honor a la nueva patrona de América y Filipinas. La defensa de la fe católica se contempla en el marco de la expansión de la religión católica en el Nuevo Mundo, que antes de la llegada del Evangelio representa la morada tradicional de la herejía, las tinieblas y la idolatría. Por ello el demonio está representado por un indígena pagano, que se muestra colérico por el triunfo de la santa. “Ya voy rabiando de verme / por una mujer vencido”, declara en un momento dramático. Es fiel al relato de la vida de Rosa escrita por el dominico L. Hansen. Según el profesor Zugasti, su fuente directa habría sido la Historia de la maravillosa y admirable vida de la venerable Madre y esclarecida virgen Sor Rosa de Santa María, de fray Andrés Ferrer de Valdecebro (1666), quien elabora su texto a partir de la biografía de Hansen y otras fuentes menores. La comedia presenta escenas de la unión mística de la santa con la Virgen y con el niño Jesús, y además repite un episodio en que Rosa pronostica que le va a llegar un regalo de chocolate de la casa de don Gonzalo de Maza. Su amigo Juan, que pretendía lograr la mano de la bella joven, declara conmovido por la piedad, que entrará a la orden dominica y en ese momento se cierra el telón.

La escena más impactante es la defensa que hace Rosa de la ciudad de Lima ante la amenaza de un ataque naval por parte de una armada holandesa. Aunque cunde el pánico en Lima por este ataque calvinista, Rosa siente alegría, en vez de sumirse en el miedo y la desesperación, y se alegra porque cree. El motivo de la rosa como fuerza en la debilidad y memoria perenne en la brevedad se desarrolla profusamente en la comedia. En la escena final, se declara que no es sólo una “débil mujer” la que mejor defiende la fe en América, sino que —como consecuencia del sacrificio y el martirio de Santa Rosa— Jesucristo y su corredentora la Virgen María son los que aseguran el triunfo del catolicismo en el Perú virreinal. Por eso también se justifica que atribuya a la santa la dignidad de reina de las flores, que a su vez era una aposición común a la rosa.

Agustín Moreto fue también autor de coplas y villancicos que formaron parte de las celebraciones en torno a la beatificación de Isabel Flores de Oliva. Han sido estudiados también por el profesor Zugasti. En ellos, pone en relación la idea de la santidad con la imagen del jardín, en este caso dominico, referencia a los meses de nacimiento y muerte de la santa y con una clara alusión a la ciudad de Lima, donde todo el año se siente un clima primaveral:

Rosa de Santa María.

Que el abril la produjo

para este reino,

y el agosto cortada

la llevó al cielo.

Prodigio nuevo,

que cuando el vicio

al mundo tiene agostado,

el jardín de Domingo

siempre es un mayo.[4]

Hubo en ese momento muchas otras expresiones de fervor religioso en torno a la santa limeña. La profesora María Luisa Lobato ha estudiado con prolijidad el conjunto de poesías en honor a Santa Rosa que se publicaron bajo el título: Rasgo breve, disceño [sic] corto del religioso culto que la Nobleza Peruana consagró en el Real Convento de Santo Domingo de esta Corte a la bienaventurada Rosa de Santa María, natural de la ciudad de Lima, en obsequio de su solemne Beatificación. El autor fue Nicolás Matías del Campo y de la Rinaga, caballero de la Orden de Santiago, y estaba dedicado al presidente del Real y Supremo Consejo de las Indias, don Gaspar de Bracamonte y Guzmán, conde de Peñaranda, el año 1668, como recuerdo de la fiesta patrocinada por tres nobles peruanos, entre los que se contaba Juan Bravo de la Maza, nieto del contador Gonzalo de la Maza, en cuya casa feliz murió la santa. El volumen contiene sonetos, una relación y villancicos compuestos por Calderón de la Barca, Vélez de Guevara, y otros, y entre ellos se encontraban los ya mencionados de Moreto. También hay seguidillas y quintillas de autores diversos. Entre los versos de Calderón dedicados a santa Rosa, podemos recoger los siguientes, que establecen una duda respecto de la razón por la que le pusieron Rosa aunque la flor del lirio era considerada entonces el símbolo de la pureza. Pertenecen al segundo de los villancicos del gran dramaturgo español:

Si Isabel es juramento

de Dios y se cumplió en ella,

pues desde su tierna edad

amor la juró por reina,

¿por qué el amor deste voto

el lirio, que ser ostenta

símbolo suyo, no es

el nombre con que la premia?

Y si el azucena es

símbolo de la pureza

y Isabel se la consagra

también desde su edad tierna,

¿por qué de azucena el nombre

no la ilustra en consecuencia

de que el nombre y la virtud

en un sujeto convengan?

Y, en fin, ¿por qué

ha de ser rosa el blasón

que la engrandezca,

si la rosa solo es

símbolo de la vergüenza?[5]

Verdaderamente era inusitado que el nombre de una flor sirviera para llamar a una santa y la tradición católica había asignado distintas significaciones a las flores en virtud a su color, forma y características. Las flores blancas eran más apropiadas para simbolizar la pureza y la virtud. Pero la respuesta a este fingido desafío poético que ofrece el propio Calderón es firme y decidida:

Azucena y lirio, aunque

son hermosas flores bellas,

que de pureza y amor

uno y otro lustre ostentan,

son flores mal defendidas

a quien a tocarlas llega,

pues una y otra no tienen

espinas que las defiendan.

La púrpura de la rosa

dice Majestad y en muestra

de ser la reina del prado,

armadas archas la cercan.

Luego el ser Isabel rosa

de varias espinas llena,

sobre pureza y amor

dice áspera penitencia.

Amor, que no es más que amor,

sin pasar a más fineza;

castidad, que con quedarse

castidad vive contenta,

virtudes son, pero no

virtudes más que en sí mesmas

mientras no las acompañan

fervores, ansias y penas.

Demás, que a ninguna flor

le da patria que no sea

común a todas las flores

en valles, montes y selvas,

sino a la rosa, pues cuando

en María se interpreta,

la Rosa de Jericó

la canta a voces la Iglesia.

Con que no sin privilegio

quiso que por compañera

la Rosa de Jericó

la Rosa del Perú tenga.

Décadas más tarde, Pedro de Peralta Barnuevo Rocha y Benavides (1663-1743), en Lima fundada o conquista del Perú (1732), dedica una octava, la número 50, a la celebración que preparó la ciudad de Lima, por especial deseo del virrey Fernández de Castro, conde de Lemos, cuando fueron elevados a los altares, en abril de 1671, la santa limeña y el santo jesuita san Francisco de Borja, en el más puro estilo culterano. El cielo le dará un premio por haber dispuesto un festejo tan glorioso que permite contemplar:

cuanto la tierra puede dar luciente,

cuanto puede ver Lima más gozosa.

Efectivamente, don Pedro Fernández de Castro, conde de Lemos y décimo noveno virrey del Perú, celebró con toda solemnidad la beatificación de Santa Rosa, en abril de 1669, en unas fiestas que dejó registradas Diego de León Pinelo: la bula de beatificación fue conducida bajo palio del templo de Santo Domingo a la Catedral con más de 600 religiosos. Se descorrió el velo que cubrí la imagen de la Santa, ricamente vestida y rodeada de flores sobre ricas andas de plata labrada. Hubo celebraciones litúrgicas, procesiones, se levantaron altares, hubo juego de cañas y se corrieron toros. Y se declamaron poemas en honor a la santa.[6]

El 12 de abril de 1671, Clemente X declara santa a Rosa de Santa María, y en Roma, Madrid y otras ciudades se repitieron las festivas aclamaciones. Por un prodigio milagroso la noticia llegó a Lima en la asombrosa celeridad de apenas 95 días. En agosto se celebraron las santificaciones, según dice Odriozola, “con la más magnífica pompa de que parece puede ser capaz la tierra”. Y ese mismo año se publicó la relación de las fiestas. Hubo comparsas a caballo, procesiones, carros y arcos triunfales, y en las calles también se colocaron suntuosos altares con adornos, colgaduras y valiosas alhajas, se organizaron juegos de cañas y fiestas de toros, todo coronado con los octavarios que se solemnizaron en los templos de Santo Domingo y de la Compañía de Jesús “ilustrados de la mayor riqueza a que se añadió el ingenioso aplauso de un certamen poético con singulares premios”.[7]

Fray Juan Meléndez, regente mayor del insigne colegio de Santo Tomás, estuvo a cargo de la relación de los festejos. La reprodujo el padre Rubén Vargas Ugarte y ahora está disponible en internet, aunque tampoco se ha realizado hasta ahora una edición filológica o un estudio detallado de este otro interesante documento.[8]

Son los poemas sobre los ocho asuntos y en diversos metros y estilos del certamen poético organizado en esa celebración, que se recitaron en la tarde de vísperas en el mismo convento dominico. Los premios eran pequeñas alhajas de plata: saleros, reveseros y otros objetos de hasta cuatro o cinco escudos de valor en plata labrada y otros objetos menores, como tembladeras o medias de Toledo. Hubo canciones, octavas, sonetos, dísticos, romances y décimas, un metro distinto para cada uno de los asuntos requeridos por los organizadores del certamen.

Entre todas las composiciones tal vez haya que preferir los villancicos, pues facilitaban la musicalidad de las composiciones y las hacía propicias para los festejos religiosos, como aquel tan grandioso que se celebró en Santo Domingo El Real en Madrid en 1668. Calderón establece en su villancico un juego de significaciones con los nombres de las flores pero no hay nada escrito al azar. La argumentación es perfectamente sólida, porque las razones culminan con una alusión fundamental, que es –señala la profesora Lobato–, la referencia al libro bíblico del Eclesiástico en el que se llama a María Rosa de Jericó, “con lo que el cambio de nombre de Isabel que pareció accidental cuando recibió el sacramento de la Confirmación tuvo carácter premonitorio de su futuro mariano y santo como Rosa del Perú y patrona de América”.[9]

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[1] Juan Pérez de Guzmán, La rosa; manojo de la poesía castellana formado con las mejores producciones líricas consagradas á la reina de las flores durante los siglos XVI, XVII, XVIII y XIX. Madrid, Imprenta de M. Tello, 1891-1892 p. 426-427.

[2] Se conserva un volumen impreso sin noticia de fecha ni de editor. La otra edición temprana que tuvo la comedia apareció en el volumen Parte treinta y seis, Comedias escritas por los mejores ingenios de España, en Madrid, por José Fernández de Buendía, 1671. Ver ahora la edición de la comedia preparada por Miguel Zugasti, en Agustín Moreto, Segunda parte de comedias, V. No puede ser. Santa Rosa del Perú. La fuerza del natural. Kassel, Reichenberger, 2016.

[3] Ver Miguel Zugasti, “Santa Rosa de Lima, una santa del pueblo con sus fiestas y comedias para el pueblo”, en José María Díez Borque (dir.), María Soledad Arredondo Sirodey, A. Martínez Pareira y Gerardo Fernández San Emeterio (eds.), Teatro español de los Siglos de Oro: dramaturgos, textos, escenarios, fiestas. Madrid, Visor, 2013, pp. 117-151.

[4] Ver Miguel Zugasti “Cuatro villancicos de Agustín Moreto a la beatificación de Rosa de Lima”, en E-Humanista. Journal of Iberian Studies. Santa Barbara, California, 23, 2013: http://www.ehumanista.ucsb.edu/volumes/volume_23/moreto/14%20ehumanista23.moreto.zugasti.pdf%5D.

[5] Ver María Luisa Lobato, “Villancicos de Calderón de la Barca para la beatificación de Rosa de Santa María (1668).” Golden-Age Essays in Honour of Don W. Cruickshank. Monográfico del Bulletin of Spanish Studies 90 (2013): pp. 735-749. El texto citado está en p. 741.

[6] Diego de León Pinelo, Celebridad y fiestas, con que la ciudad de los Reyes, solemnizó la Beatificación de la bienaventurada Rosa de S. Maria, su patrona y de todos los Reynos, y Provincias del Perú. Lima, 1670. Ver Rubén Vargas Ugarte, La flor de Lima. Santa Rosa, pp. 122-127.

[7] Colección de Documentos Literarios del Peru, colectados y arreglados por el Coronel de Caballería de Ejercito Manuel de Odriozola. Lima, Establecimiento de tipografía y encuadernación de Aurelio Alfaro, 1863, Tomo I, p. 147.

[8] El título completo es: Festiva pompa, culto religioso, veneracion reuerente, fiesta, aclamacion, y aplauso. A la feliz beatificacion de la bienauenturada virgen Rosa de S. Maria. Tercera del Orden de Predicadores. Segunda Catalina Senense de la Iglesia. Primera fragrante flor, y fruto opimo [sic] desta plaga meridional. Tesoro escondido en el campo fertil desta muy noble, y muy leal Ciudad de Lima. Descubierto por N.B.P. Clemente Nono. Patrona tutelar vniuersal de su dichosa patria, y dilatados Reynos del Peru. En este Conuento del SS. Rosario de la misma orden. En Lima, Año de 1671.

[9] “Villancicos…”, p. 749.

Reseña del libro “1817. De Mendoza a Chacabuco”.

Por Jorge G. Paredes M., Profesor en Historia y Geografía por la UNMSM.

Guerrero Lira, Cristián.

  1. DE MENDOZA A CHACABUCO

Santiago de Chile: Ejército de Chile. Corporación Conservación y Difusión del Patrimonio Histórico y Militar. Universidad Bernardo O’Higgins

2016

267 páginas.

 

Cristián Guerrero Lira es un notable historiador chileno especializado en temas de la etapa separatista hispanoamericana. De ideas amplias que trasciende, en lo que esto es posible, los enfoques nacionalistas en torno al proceso independentista hispanoamericano, especialmente cuando se trata de figuras paradigmáticas (San Martín, O’Higgins, Carrera, etc.) tratando de hacer hablar a los documentos sin dejarse ganar por las simpatías y/o pasiones que también, de una otra manera, afectan el trabajo de los historiadores, distorsionando los hechos.

“1817. De Mendoza a Chacabuco” (2016), un sólido y minucioso trabajo de 267 páginas, que por su estilo ágil y muy cuidadoso se lee con deleite y uno va reconstruyendo esa tarea titánica que fue la preparación del ejército libertador, casi como si estuviéramos reviviendo lo que parecía imposible y que se hizo realidad gracias, fundamentalmente, a la decisión de San Martín de hacerlo tal. Allí encontramos relatos de cómo fue esa preparación que muchas veces es pasada por alto. Si titánica fue la tarea de la preparación, el llevarla a cabo fue descomunal. Asombra la minuciosidad de la preparación y por ende la realización siguiendo minuciosos planes de campaña. Desde la selección de los pasos a emplear para atravesar los Andes chileno-argentinos, la travesía propiamente dicha y, por supuesto, la primera conclusión de ella, que es la batalla de Chacabuco.

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El libro consta de una introducción y nueve capítulos: Buenos Aires, Lima y Santiago, La cordillera de los Andes: escenario de posibles operaciones militare (1800-1816), Las rutas de la invasión, Formación del ejército de los Andes, La defensa realista, Cronología de las operaciones, Combates del cruce de los Andes (enero – marzo de 1817), La batalla de Chacabuco y Después de Chacabuco. Después de cada capítulo existe una valiosísima selección de ilustraciones, mapas, croquis, cuadros pictóricos, etc. En el capítulo “Cronología de los operaciones”, para una mejor comprensión del cruce de los Andes, el autor expone separadamente, por columna –en sentido norte-sur–, y cronológicamente, los detalles de ella, tratando de entregar a los lectores una visión global del trayecto andino de esta fuerza expedicionaria. Esta minuciosa cronología  (día a día entre el del 18 de enero y el 12 de febrero) resulta de una utilidad valiosísima

Para los peruanos, Cristián Guerrero nos es ampliamente conocido tanto por sus artículos publicados en diversas revistas como por capítulos de libros en torno a la historia peruana, trabajos entre los cuales podemos señalar: “La propaganda monarquista en el gobierno de San Martín en el Perú. La Sociedad Patriótica de Lima”, “Ahora soy un simple particular. Vida de O’Higgins en el Perú” (2016), “Consideraciones Sobre los Planes Militares del Virrey Fernando de Abascal”. Capítulo del libro El Lazo de Los Andes. Diálogos Cruzados Sobre las Campañas de la Independencia: de Argentinos y Chilenos, Civiles y Militares (1810-1830). (2007) y  “De las Reformas Borbónicas a la Formación del Estado en Perú y Chile”. Capítulo del libro Perú-Chile / Chile-Perú. 1820-1920. Desarrollos Políticos, Económicos y Sociales. (2005-2006), (pp, 25-48), en coautoría con la historiadora peruana Scarlett O’Phelan.

Para concluir esta reseña, transcribo los seis primeros párrafos de la introducción del libro:

“La historiografía relativa a la independencia se ha alejado considerablemente de las temáticas de índole militar que le fueron tan características durante el siglo XIX.

Involucrados en el proceso de definición de los elementos identitarios nacionales, los historiadores de esa centuria tuvieron en ellas un campo propicio para construir imágenes heroicas que eran presentadas como el resumen de la idiosincrasia nacional y, en consecuencia, remarcaron una serie de conductas tales como el cumplimiento del deber, el arrojo y la valentía, entre otras, las que fueron consideradas como parte integrante, cuando no definitoria, de una forma de ser nacional. Las mismas eran presentadas a la sociedad como paradigmas con la esperanza de que en futuros conflictos armados, o en otras situaciones de apremio, los chilenos obraran de igual forma que sus héroes.

Por otra parte la guerra de independencia fue, historiográficamente hablando, considerada como un elemento de unión. Se le definió como conflicto entre “patriotas”, –un vocablo que hace alusión a un sentimiento de pertenencia y arraigo al suelo patrio que se compartía con otros–, y “españoles” o “realistas”, términos que erróneamente empleados como equivalentes, aludían a cuestiones muy distintas como la nacionalidad y una opción política determinada.

Al contar con un enemigo, naturalmente se reforzaba la identificación colectiva. El realista (“godo”, “sarraceno”, “matucho” o el término que se empleara), era el contrario, el oponente, el otro, necesariamente distinto del nosotros. Por ello no resulta extraño que en los relatos del conflicto en cuestión, salvo contadas excepciones, las virtudes y la heroicidad estén normalmente ausentes en el bando realista.

Esta visión estereotipada se ha perpetuado en la memoria histórica nacional como asimismo en la historiografía y en la enseñanza de la historia patria. La guerra, entonces, fue dibujada en blanco y negro, retratando a buenos y malos –dependiendo esto del resultado del conflicto–, y como uno de ellos resultó vencedor, sus razones, justificaciones y procedimientos pasaron a ser los valederos y permanentes.

Como se trataba de construir una imagen nacional, el enemigo resultó ser un elemento al que no se prestó mayor atención. Sus posiciones políticas fueron simplemente descritas como continuistas del régimen monárquico, y sus adeptos como defensores de un orden que pretendía mantener operativo determinado sistema social, económico, cultural y político que claramente marcaba diferencias y centraba los beneficios en uno de los polos de la relación hispano-americana” (p. 10).

La pila bautismal de los Bartra (Tarapoto, 1895)

Por Miguel Vela Alvarado, investigador sanmartinense.

La hermosa pila bautismal fue donada por don Tomás Bartra Dávila a la Iglesia Matriz de Tarapoto el primero de enero del año 1895. Por tradición se conoce que el donante de la citada pila y del campanario de la Iglesia Matriz, fue este notable vecino. Décadas atrás cuando vivíamos en Tarapoto, veíamos como algunos familiares Bartra se tomaban fotografías en la pila; siempre orgullosos de esta donación.

 

 
Después de múltiples llamadas y pedidos (durante un lapso de tres años) hemos podido obtener fotografías donde se aprecia la dedicatoria en bajo relieve que dice:
“Pila obsequiada por Tomás Bartra a la Iglesia de Tarapoto, Enero 1º de 1895”.
El benefactor fue don Tomás Bartra, que nació en Tarapoto, el 3 de octubre de 1843; fue un comerciante acaudalado durante la época dorada del caucho. Fundador en tercer orden de Iquitos (1867). Sus padres fueron don Joaquín Bartra y doña Francisca Dávila. Entre sus hermanos podemos mencionar a Eusebio, Santiago (mi tatarabuelo), Toribia, José María, Encarnación, Isidora y Manuela. 
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Partida de bautismo de D. Tomás Bartra Dávila, n. Tarapoto, 03.X.1843. Benefactor de la Iglesia de la Santa Cruz de Tarapoto.

La pila bautismal tiene más de 120 años prestando servicios en los bautismos de la ciudad. Con certeza se puede afirmar que muchos de nosotros fuimos bautizados en aquella pila. Está ubicado en la nave de la Iglesia de Partido Alto en el Jirón San Martín.
Parece raro que aún no le hayan dado su valor histórico. Se imaginan Uds. en el año 1895 como se pudo haber trasladado esa pesada pila de mármol y cuál será su procedencia. Los familiares de más edad decían que fue traída de Europa, pero eso aún está por confirmar. En las fotos se aprecia el nombre Antonio M. Rato en la parte baja del pedestal de la pileta. ¿Quizás ese sea el nombre del escultor? De repente en otro lado de la pileta este el lugar de origen. 
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José de San Martín. Héroe de la independencia, libertador de Chile y Perú

Por José Manuel Huidobro Moya, Miembro del Instituto de Estudios Históricos Bances y Valdés, del Ateneo de Ilugo, y de la Academia de Letras y Artes de Portugal.

Sus campañas militares cambiaron el signo de la historia americana durante el proceso de descolonización a principios del siglo XIX, tras las Cortes de Cádiz y la Constitución de 1812. A su estrategia se deben los planteamientos militares que llevarían a la independencia de Chile y de Perú, centro neurálgico del poderío español cuya caída conduciría a la de todo el continente. 

El artículo 1° de la Constitución de 1812 señala que “La nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios”. Con este enunciado se comenzaba a modificar radicalmente el entramado institucional del imperio americano, al situar en pie de igualdad a la metrópoli y sus colonias.

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General José de San Martín

José Francisco de San Martín y Matorras nació, posiblemente, en 1777 (En la carta al mariscal Castilla del 11 de septiembre de 1848 se refiere a sus setenta y un años. Algunas fuentes indican que fue el 25 de febrero de 1778, ya que en su acta de defunción figura que tenía setenta y dos años, cinco meses y veintitrés días, mientras que otras la fijan en uno, dos y hasta tres años mas tarde), en la aldea jesuita de Yapeyú, hoy provincia de Corrientes (Argentina), hijo benjamín de Juan de San Martín y Gómez (1728), un hidalgo palentino de clase media, que tras largos años de carrera militar llegó a ostentar el cargo teniente gobernador de Corrientes, y de Gregoria Matorras del Ser (1738), prima hermana del gobernador y capitán general del Tucumán y explorador del Chaco Jerónimo Matorras, con la que contrajo matrimonio por poderes el 1 de octubre de 1770. En 1784 pasó con su familia a España (Málaga) y en 1787 ingresó en el Seminario de Nobles de Madrid (…para entrar era necesario «constar ser hijosdalgo notorios según las leyes de Castilla, limpios de sangre y de oficios mecánicos por ambas líneas»…), donde estudió retórica, matemáticas, geografía, ciencias naturales, francés, latín, dibujo y esgrima.

Dos años después pidió y obtuvo el ingreso como cadete en el Regimiento de Murcia. Fue éste el origen de una brillante y vertiginosa carrera militar que tendría su bautismo de fuego en el sitio de Orán (1791) y en la campaña de Melilla. Más tarde intervino en las guerras del Rosellón (1793) y de las Naranjas (1801), mereciendo sucesivos ascensospor su actuación; alcanzando el grado de capitán de infantería en el regimiento de voluntarios de Campo Mayor en 1803. Cuando la invasión napoleónica dio lugar a la Guerra de la Independencia (1808-1814), con Fernando VII en el exilio, su arrojo contra los franceses en la batalla de Bailén (19 de julio de 1808) le valdría ser nombrado teniente coronel de caballería y fue condecorado con la medalla de oro.

Tras esta fulgurante carrera en el ejército, y poco después de estallar la revolución emancipadora en América, San Martín se propuso contribuir a la libertad de su “patria”, traicionando a la Corona española y apoyado por la política del Reino Unido. Inició así una nueva etapa de su vida que lo convertiría, junto con Simón Bolívar, en una de las personalidades más destacadas de la guerra de emancipación americana. En Cádiz conoce a algunos militares de América del Sur y se enrola en las logias qeu defendían la indepencia; solicita la baja en el ejército español y marcha a Londres (1811)*, donde estuvo maquinando un plan para la independencia de las colonias, y desde allí se embarcó, junto a otros oficiales, tales como Carlos María de Alvear, y Martiniano Chilavert, en la fragata George Canning hacia Buenos Aires, a donde llegó el 9 de marzo de 1812. Confiaba en que su experiencia militar le permitiese rendir excelentes servicios al ideal que animaba a su país, pero a causa de sus veintidós años de servicio en el ejército realista no fue recibido con entusiasmo por los dirigentes; pero, ante la debilidad militar del movimiento patriota, la Junta gubernativa (Triunvirato) le confirmó en su rango de teniente coronel de caballería y le encomendó la creación del Regimiento de Granaderos a Caballo, al frente del cual obtuvo la victoria en el combate de San Lorenzo (3 de febrero de 1813).

En 1804, Napoleón Bonaparte, emperador de Francia, domina toda Europa y cierra los puertos del continente europeo al tráfico comercial con Gran Bretaña. A raíz de esto la industria y el comercio exterior británico cae en una paralización que lo lleva inexorablemente a la quiebra. William Pitt, Primer Ministro de Gran Bretaña, reinando Jorge IV, le encomienda al general escoces Thomas Maitland la elaboración de un plan para capturar Buenos Aires y Chile y luego emancipar Perú y Quito. El plan consistía en lo siguiente: 

Asaltar Buenos Aires. Formar un ejército con hijos de españoles, mestizos, autóctonos o indios y negros esclavos. Que ese ejército formado en Buenos Aires acampe en Mendoza y se refuerce con personas de la misma etnia que las nombradas. Con este ejército asaltar Chile. Dominado Chile, con la flota británica, transportar ese ejército para la toma de Perú, y de Guayaquil (Audiencia de Quito) hoy Ecuador.

* El Plan Maitland, que permaneció oculto durante 184 años en archivos británicos, es el plan operativo de 1800 para desarrollar el plan estratégico de 1811.San Martín habría conocido ese plan durante su estancia en Inglaterra, y  decidió ponerlo en práctica.

El mismo año de su llegada había conocido en una tertulia política a la que sería su esposa, doña María de los Remedios Escalada de la Quintana, de 14 años, perteneciente a una distinguida familia del país, con quien contrajo matrimonio en septiembre, en la catedral de Buenos Aires. Crea la logia Lautaro, cuyo objetivo era liberar América del Sur y, en octubre de 1812, los miembros de la logia encabezan un movimiento que tiene por objeto remover algunos miembros del Primer Triunvirato. Entonces, pacíficamente, el Cabildo nombra al Segundo Triunvirato, quienes, al poco tiempo, llaman a una asamblea de delegados de las provincias con el fin de dictar una constitución.

En 1813 renunció a la jefatura del Ejército de Buenos Aires, y en 1814 aceptó sustituir a Manuel Belgrano al frente del Ejército del Alto Perú, maltrecho por sus derrotas.

José de San Martín pensaba que todos los esfuerzos debían orientarse hacia la liberación de Perú, principal bastión realista en América. Bloqueada la ruta por tierra del Alto Perú (la actual Bolivia), empezó a madurar su plan de conquista de Perú desde Chile; con este objetivo obtuvo la gobernación de Cuyo, lo que le permitió establecerse en Mendoza (1814) y preparar desde allí su ofensiva.

San Martín decidió apoyarse en Bernardo O’Higgins, que había puesto en marcha una intentona independentista en Chile, con quien preparó el plan de invasión. En Mendoza, durante tres años (1814-1817), organizó el ejército con la ayuda de la población de los Andes e inició la gran campaña que habría de dar un giro nuevo a la guerra, en el momento más difícil para la causa americana, cuando la insurrección estaba vencida en todas partes con excepción de Argentina. Su objetivo era invadir Chile cruzando la cordillera de los Andes, y su realización, en sólo veinticuatro días, constituiría una gran hazaña militar.

En enero de 1817 comienza el cruce del ejército, de unos 4.000 hombres, la caballería, la artillería de campaña y las provisiones para un mes, divididos en dos columnas por el paso de Los Patos y por el de Uspallata, y se encontraron en Santa Rosa de los Andes.

Superadas las cumbres andinas, el 12 de febrero de 1817 derrotó al ejército realista al mando del general Marcó del Pont en la batalla de Chacabuco, y el 14 entró en Santiago de Chile. La Asamblea constituida proclamó la independencia del país y le nombró director supremo, cargo que declinó en favor de O’Higgins.

La ocupación de Guayaquil, ciudad reivindicada por Perú, fue el motivo inmediato de una entrevista con Simón Bolívar(26 de julio de 1822), en la que se trató el futuro del continente, lo que debió de desalentar a San Martín, pues tras regresar a Lima, y ante la creciente oposición peruana a su política, convocó el Congreso y presentó la renuncia a su cargo de Protector (20 de septiembre de 1822), dos años antes de que la victoria de Ayacucho pusiera fin definitivamente a la dominación española en Perú y en todo el continente.Tras la toma Lima, San Martín embarcó el tesoro de la Real Hacienda en la Flota del Vicealmirante inglés Lord Thomas Alexander Cochrane, que se hace inmediatamente a la vela a Londres. Ese tesoro era el más grande de todo el continente de América del Sur. A partir de este momento, los esfuerzos de San Martín se centraron en la organización de la gran escuadra que había de transportar a las tropas libertadoras a Perú. Finalizados los preparativos, la escuadra zarpó de Valparaíso (Chile) el 20 de agosto de 1820, con 24 buques  transportando un ejército de 4.800 hombres, y fondeó frente al puerto de Pisco (Perú) el 12 de septiembre. San Martín intentó negociar con el virrey Pezuela, y luego con su sucesor, José de la Serna, con el que se entrevistó el 2 de junio de 1821: el libertador expuso allí su oferta de un arreglo pacífico, que incluía la independencia de Perú y la implantación de un régimen monárquico con un rey español, ofreciendo a La Serna la regencia interina. Fracasadas las negociaciones, San Martín ocupó Lima y proclamó solemnemente la independencia (28 de julio de 1821), pese a que el ejército realista aún controlaba gran parte del territorio virreinal.

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Proclamación de la Independencia del Perú

Nombrado Protector de Perú, mientras enviados suyos gestionaban en las Cortes europeas el establecimiento de una monarquía, la incertidumbre de su situación militar contrastaba con la consolidación de Simón Bolívar en la Gran Colombia y la total liberación de Quito tras la Batalla de Pichincha.

San Martín había decidido retirarse; consideraba cumplido su deber de liberar a los pueblos y no quiso participar en las luchas intestinas por el poder. En octubre de 1822 llegó a Chile; en verano de 1823 cruzó los Andes y pasó a Mendoza con la idea de establecerse allí, apartado de la vida pública. Pero las muchas críticas adversas que le atribuían aspiraciones de mando y el fallecimiento de su esposa lo determinaron a partir en febrero de 1824 rumbo a Europa, acompañado por su hija única Mercedes.

Residió un tiempo en Gran Bretaña (se dice que fue masón. La masonería era tanto un servicio de inteligencia como un partido político de la época que representaba a la ideología liberal y a la defensa de la Revolución Francesa) y de allí se trasladó a Bruselas, donde vivió modestamente. En 1829 embarcó hacia Buenos Aires, donde se encontró con la revolución del general Juan Lavalle, y tras una breve estancia en Montevideo, regresó a Europa, residiendo en París a partir de 1831.

José de San Martín fechó su testamento ológrafo en París, el 23 de enero de 1844, dejando como única heredera a su hija Mercedes, casada con Mariano Balcarce que ejercía como embajador argentino en París.

En 1848 se instaló en su definitiva residencia de Boulogne-sur-Mer (Francia), donde moriría, achacoso, postergado y casi ciego por tener cataratas, en agosto de 1850. Sus restos mortales fueron repatriados a Buenos Aires en 1880.

“Maitland & San Martín” es un interesante libro de Rodolfo Terragno, que se refiere al plan secreto concebido a principios de 1800 por el militar escocés Thomas Maitland,  que consistía en “ganar el control de Buenos Aires”, “tomar posiciones en Mendoza”, “coordinar acciones con un ejercito en Chile”, “cruzar los Andes”, “derrotar a los españoles y controlar Chile”,“continuar por mar a Perú” y “emancipar Perú”. No hace falta aclarar que ese plan concebido por Maitland fue el ejecutado en la práctica, poco años después,  por José de San Martín.

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Historia de la Diócesis de Maynas o Chachapoyas

Por Monseñor Emiliano A. Cisneros, OAR, Obispo de Chachapoyas (*)

Hablar de la Diócesis de Maynas o Chachapoyas exige hablar, siquiera sea un poco, de las antiguas misiones de Maynas, ya que de su territorio saldrá la diócesis que debería atender todo el mundo de lo que políticamente se llamaba la gobernación general de Maynas. Fueron los padres jesuitas los primeros evangelizadores de esos extensos territorios y lo fueron por años. En 1634 el rey de España autorizaba la fundación y atención de misiones para atender cristianización de los indígenas que vivían entre los ríos Santiago, Marañón, Huallaga, Ucayali, Napo y Putumayo. De estos tiempos y fruto del trabajo de los jesuitas son las fundaciones de pueblos, tales como Santiago de la Laguna, hoy Lagunas, Nuestra Señora de Las Nieves de los Yurimaguas, hoy Yurimaguas, y Logroño, hoy desaparecida.

A esa época pertenecen los famosos los misioneros Samuel Fritz y Enrique Richter. El padre Fritz, que misionó por el río Marañón, es autor de un completísimo mapa del gran río Marañón, es autor de un completísimo mapa del gran río Marañón, en el que figuran todos los afluentes del Amazonas. El mapa lleva fecha de 1707 y está dedicado al rey Felipe V. El Padre Richter, que misionó por las márgenes del Ucayali, dio testimonio de su fe entregando su vida a manos de los indígenas piros que lo mataron a flechazos.

Los jesuitas perseveraron en su difícil empeño hasta 1769, cuando llega la orden del rey Carlos III por la que expulsaba de su reino a todos los jesuitas, interrumpiendo una labor evangelizadora y civilizadora de siglos. Tras su salida, los naturales que habían sido reducidos a civilización, se alejaron de los centros poblados y retornaron a sus soledades. Apenas quedaron unas cuantas familias en Omaguas, Iquitos, Pevas y algún otro lugar. Esta triste situación y el deseo de poner remedio a ella serán las circunstancias que darán pie a la creación de la diócesis de Maynas.

MAPA ANTIGUO

Creación de la Diócesis de Maynas 

El visitador don Francisco de Requena, en el recorrido que hace a fines del siglo XVIII por el río Amazonas y sus afluentes, pudo constatar el abandono material y espiritual en que había quedado estas gentes y regiones tras la expulsión de los Jesuitas, y en el informe que remite al Rey de España propone lo que él entiende puede ser solución a este situación. Su propuesta pasa por la creación de un obispado en Maynas, que el obispo nombrado, que el obispo nombrado pertenezca a los franciscanos de Ocopa y que sean estos religiosos quienes se ocupen de la atención espiritual de estos territorios, así como ya lo venían haciendo en las márgenes del Huallaga y Ucayali. La propuesta de Requena sugería que la comandancia general de Maynas ya no dependiera del virreinato de Nueva Granada, sino que fuera anexada al virreinato del Perú.

Atendiendo la sugerencia de Requena, el Rey Carlos IV dispuso, ? por convenir al adelantamiento espiritual y temporal de las misiones de Maynas y el Ucayali; que el gobierno y comandancia general de Maynas sean dependientes de ese virreinato ( o sea del Perú) segregándose del Santafé todo el territorio que las comprendidas, como así mismo otros territorios y misiones confinantes con las propias de Maynas, existentes por los ríos Napo, Putumayo y Yupura; que todas estas misiones se agreguen al Colegio de Propaganda fide de Ocopa; el cual actualmente tiene las que están por los ríos Ucayali, Huallaga y otros colaterales, con pueblos en las montañas inmediatas a estos ríos, por ser aquellos misioneros (los franciscanos de Ocopa) los que más conservan el fervor de su destino.

En virtud de esta Real Cédula Carlos IV adjudica al virreinato del Perú, en 1802, la comandancia general de Maynas y las misiones de los ríos Napo, Putumayo y Yapurá o Caqueta, gestiona la creación del obispado de Maynas y encarga a los misioneros franciscanos de Ocopa la atención de estas misiones. Un año después, en 1803, el papa Pio VII, atendiendo las instancias del rey, creaba el 28 de mayo la diócesis de Maynas con todos los territorios que abarcaba la comandancia general del mismo nombre. Con ello esperaba fueran mejor evangelizados y atendidos espiritualmente los moradores de estos ríos y montañas, y la autoridad real pretendía adelantar el trabajo de humanización y reducción a civilización de quienes todavía vivían de manera primitiva y con poco o nulo contacto con el mundo exterior.

En 1805 era nombrado quien llegaría a ser primer obispo de Maynas, el Franciscano Hipólito Sánchez Rengel, que en ese tiempo vivía en la Habana. No fue ordenado hasta el 22 de diciembre de 1807, en Quito, y poco después llegaba a la diócesis.

De las dificultades del trabajo que se le había encomendando dan fe estas palabras entresacadas de una carta suya: ?Venga el hombre más santo, el más sabio, un genio emprendedor que produzca las inversiones más útiles y más análogas a esta tierra: que pueda y quiera expender en esta obra caudales inmensos, nada hará más de lo que yo he hecho siendo un pobre en todo?. Permaneció al servicio de la diócesis durante catorce años, hasta 1821; eran los tiempos del proceso literario. Proclamada la independencia, renuncia al Obispado de Maynas y, posteriormente, es nombrado obispo de Lugo, España.

Sedes episcopales

La diócesis de Maynas, más tarde llamada de Chachapoyas, por circunstancias históricas y de diverso género, ha cambiado varias veces su sede. La primera fue el pueblo de jeberos. En los inicios del siglo XIX, cuando se crea la diócesis, Jeberos era uno de los pueblos más importantes de la región de Maynas. El obispo Sánchez Rangel gestionó pronto la incorporación a la diócesis de los curatos de Lamas y Moyobamba, y en 1812 traslada a esta ciudad la sede episcopal. El traslado de Moyobamba a Chachapoyas está relacionado con la creación del departamento de Amazonas y el cambio de nombre de la diócesis. Este se produce el 2 de junio de 1843. En el proyecto gobernativo se piensa que el río Marañón habrá de ser límite occidental del nuevo departamento, lo que conllevará la inclusión en él de las provincias de Pataz y Chachapoyas, que entonces pertenecían a la Libertad. El mismo gobierno nacional tomará la iniciativa para gestionar la modificación de los límites de la diócesis de Maynas y el cambio de nombre y de sede. En adelante se llamará diócesis de Chachapoyas y su sede será la ciudad del mismo nombre.

Catedral de Chachapoyas

Catedral de Chachapoyas.

Límites cambiantes

La gran extensión de los primeros tiempos ha ido recortándose con el paso de los años y con la creación de nuevas jurisdicciones eclesiásticas. Aparte los territorios que, tras el proceso independentista pasaron a formar parte de obispados de Ecuador y Colombia, en territorio peruano se han dado las siguientes desmembraciones. En 1900 se crean los vicariatos de Amazonas y Ucayali a los que se les asignan las misiones del Marañón y del Ucayali, que comprendían lo que hoy es el departamento de Iquitos y parte de Pucallpa y Huánuco. En 1948 se repara diócesis todo el departamento de San Martín, dando lugar a la prelatura de Moyobamba; y más tarde, cuando se crea el Vicariato de Jaén, formarán parte de él la provincia de Condorcanqui y parte de Bagua.

Obispos

Trece han sido loa obispos que han regido la diócesis de Maynas o Chachapoyas desde sus orígenes hasta la actualidad.

Como queda reseñado el primero fue el franciscano Hipólito Sánchez Rangel (1805 ? 1821), quien tuvo que enfrentar las dificultades propias de la enorme misión que se le confió además de las propias del momento histórico que le tocó vivir: el proceso emancipador que él, ferviente realista, no alcanzó a entender.

Tuvieron que pasar muchos años hasta que se proveyera la silla episcopal de Maynas y fue el piurano José María Arriaga (1840- 1853) el designado en 1838. Su ordenación episcopal tendrá lugar en 1840, si bien ya regía la diócesis, como gobernador eclesiástico, desde 1834. Durante su gobierno se traslada la sede episcopal a Chachapoyas. El fue también el fundador del seminario diocesano.

El chachapoyano Pedro Ruiz (1853-1962) fue el tercer obispo. Trató de establecer comunicación con tribus indígenas todavía incomunicadas con el mundo exterior y de abrir nuevos caminos a la fe y al desarrollo de los pueblos. Para ello fundó la Sociedad de Patriotas del Amazonas, fruto de su interés y empeño en 1859 descubre dos grandes ríos, como él dice, desconocidos en las cartas geográficas, a saber, el Cristalino y el Nieva.

A este ilustre chachapoyano le sucedió el franciscano limeño Francisco Solano del Risco (1865 ? 1903), cuyo pontificado es el más largo en la diócesis. Destacó como notable orador y fue grande el servicio que prestó a la Patria en las campañas bélicas de 1879.

Fue otro franciscano, Monseñor Santiago Irala (1904 -1908), el sucesor de Monseñor del Risco (1865-1908), el sucesor de monseñor del Risco. El pontificado de este fraile ayacuchano ha sido el más corto; apenas cuatro años. Renuncio voluntariamente y se retiró al convento de Ocopa.

En Arequipa nació monseñor Emilio Lissón (1909-1918), sexto obispado de Chachapoyas. Durante nueve años rigió la diócesis preocupado por su adelanto espiritual y material. Su amplia y profunda preparación la puso al servicio de la diócesis y los medios contraídos en este servicio le sirvieron para ser promovido a la diócesis primada de Lima, a la que sirvió durante doce años. Desterrado, acabó su vida en España. Está incoado el proceso diocesano para su canonización.

A un obispo santo le sucede otro santo: monseñor Octavio Ortíz Arrieta (1921- 1958), un hombre cuya memoria sigue viva en el corazón del pueblo hasta en los lugares más apartados. Sirvió a la diócesis durante treinta y siete años. Su proceso de canonización esta en Roma, cumplidos ya los tramites diocesanos.

Monseñor Octavio Ortíz Arrieta

Monseñor Octavio Ortíz Arrieta, Obispo de Chachapoyas (1921- 1958).

Monseñor José Germán Benavides Morriberón rigió la diócesis en los años 1958-1968. De Chachapoyas fue trasladada a Arequipa como obispo auxiliar.

Los cinco últimos obispados de la diócesis están todavía vivos Mons. Manuel Prado Pérez-Rosas (1970 ? 1976), jesuitas, fue promovido al arzobispado de Trujillo. Mons. Antonio de Hornedo Correa, también jesuita, gobernó la diócesis, primero como administrador apostólico (1968-1970) y después como obispo residencial (1977-1991). Le sucedió monseñor Ángel Francisco Simón Piorno (1991-1995), posteriormente trasladado a Cajamarca. El monseñor José Ignacio Alemany Grau (1995-2000), redentorista, fue otro de los pontificados cortos: renuncio al gobierno de la diócesis el año 2000.

El actual obispado es el religioso agustino recolecto Emiliano Antonio Cisneros Martínez que inició su servicio como administrador apostólico el año 2000 y fue nombrado obispo diocesano en el 2002.

Son, en total, trece los obispos que han regido los destinos de la diócesis de Maynas o de Chachapoyas desde su creación hasta la fecha en que se cumplen los doscientos años de su creación. El primero y los cuatro últimos han nacido en España; los ocho restantes, en el suelo patrio.

A lo largo de estas dos centurias ha habido periodos de sede vacantes; el más largo, sin duda, es el que media entre el primero y el segundo obispo nada menos que diecinueve años. Y es digno de mención también un clérigo amazonense, que no llegó a ser obispo, pero rigió la diócesis, como administrador apostólico, en uno de estos períodos el padre Pablo Visalot, natural de Chisquilla (Bongorá).

Sirva esta breve reseña como apunte referencial elemental para cuantos se interesan por la historia de la Iglesia en la Diócesis de Chachapoyas.

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(*) Cfr. pares.mcu – Bicentenario de las Independencias Iberoamericanas.

Juan Pérez de Guevara, fundador de Moyobamba

Por Alexis R. Arévalo-Vergara, Miembro de la Sociedad Amantes del País.

Moyobamba, capital del actual del departamento de San Martín, en el oriente peruano, fue fundado, un día como hoy, 25 de julio de 1540, por un contingente de 13 bravos españoles liderados por el capitán Juan Pérez de Guevara. La ciudad llevó inicialmente el nombre de “Santiago de los ocho valles de Moyobamba”, dada su ubicación estratégica en la confluencia de 8 ríos, con sus respectivos valles: Yuracyacu, Negro, Tónchima, Indoche, Rumiyacu, Gera, Huascayacu y Juningue; todos ellos afluentes del Mayo.

Conquistador español

Conquistador español

Se sabe que el capitán Juan Pérez de Guevara había llegado al Perú con el ambicioso Adelantado Pedro de Alvarado, conquistador de Cuba, México, Guatemala y El Salvador, quien con su vasta experiencia buscaba eclipsar la fama de los Pizarro. Fallido sus intentos de notoriedad en el Perú, dejó abandonados a sus soldados, entre ellos a su propio sobrino Alonso de Alvarado y al citado Pérez de Guevara. Hubiera tocado a don Alonso la conquista y fundación de Moyobamba, pero finalmente fue Pérez de Guevara quien se hizo de ella. Esto consta en el documento firmado por el Marqués Francisco Pizarro, en la ciudad de Los Reyes, el 7 de junio de 1540, por el cual se le nombra como Teniente de Gobernador y Capitán General de la Jornada de Moyobamba; señalándose en su nombramiento lo siguiente:

“El marques don francisco picarro Adelantado gobernador Capitan general en estos Reynos de la nueva castilla por su mag°. E Del su consejo, etcétera = por quanto al servycio de dios E de su mag°. Y noblecimy°. Conserbacion E población destos dos. Reynos conviene que se bayan abmentando todos los mas pu°. Q. se podiera poblar En ellos y que se descubran todas las tierras q. se podieren Descobrir Asi porq. Con los dos. Pueblos se Conserva mas el sosiego y la paz que los caciques E indios que están en el seruycio E obidiencia de su mag°. Se ha asentado Como porque mas ayna se traheran y vernan a ella Los que no lo están E porque con la Conseruacion (sic) que con los xpianos. Ternan E buen tratamiento y dotrina q. se hiziere mas en breue vernan al verdadero conoscimy°. De nra. Santa fee Catholica siendo Como soy informado que la tierra Adentro en el paraje de los Chachapoyas hazia donde el sol donde se dize Moyobamba están ciertas tierras y provincias donde ay muchos Caciques E indios Ricos de oro E otras tierras E provincias De muchas gentes que no an dado A su mg°. La obidiencia y que ay dispusicion de tierra para que se pueblen de xpianos. Por ser como esla tierra en si fértil y de aguas y montes E tierras para labrar y do se tiene noticia que ay mynas de oro he acordado en complimento (sic) de lo que Su mag°. Me a mandado que la dha. Tierra de Moyobamba de suso declarada se pueble de xpianos. E todo lo demás se podiera Aber y Descobrir por aquella via se abra y descubra para q. las Jentes que En ella se hallaren se pongan de baxo del yugo Eobidiencia de su mag°. E vengan al verdadero Conoscimy°. De nra. Santa Fee catholica que este es el principal deseo que Su mag°. Tiene e  questas tierras se descubran E pueblen E porque para descubrir la dha. Tierra E poblarla es menester vna persona que baya por mi Thenyente y Capitan general De la gente q. Al dho. Descubrimiento y población fuere por ende aviendo Respeto que vos el Capitan Juan Perez de gueuara soys persona abil de confianca suficiente E de buen Recaudo E diligencia y ispiriencia De las costumbres De los indios para su pacificación y Conquista E seru°. De su mag°. Y confio de vos que dareys buena quenta de lo qor my en nombre Su mag°. Os fuere enconmendado (sic)[1].

Fue así como Juan Pérez de Guevara, con la necesaria autorización de conquista, pudo fundar la ciudad de Moyobamba. Con la entrega de encomiendas, repartimiento de solares y la erección de la respectiva Iglesia frente a la habitual plaza, se dio inicio a este temprano asentamiento. Con el paso de los años, la ciudad se convirtió en sitio de reunión de aventureros habidos de encontrar “El Dorado”, ilusorio imperio que llevó a muchos a su perdición.

Provincia de Moyobamba.jpg

Mientras que aquellos que se quedaron y formaron familia en la provincia, comprendiendo rápidamente que la riqueza no se encontraba en el oro de un soñado reino, sino en la bondad de sus gentes, sus ubérrimos valles, ríos feraces y bosques de éxotica belleza, que daban formidable sustento a sus mesas. Las orquídeas despertaban la admiración en sus paseos, mientras que mil avecillas de colores diversos revoloteaban sobre el límpido cielo. Los ruidos de la selva se hacían oír: aullidos de monos y gritos de loros, solo acallados por el rugir lejano de las temidas fieras. Todo ello hacía de la selva un paraíso terreno. Las familias fueron prolíficas, descendientes de aquellos guerreros hispanos que se quedaron y unieron su sangre al de los naturales en armonioso mestizaje. Son ellos los innegables herederos de las tradiciones más antiguas del oriente peruano, siendo la primera de todas ellas, la de la fundación de Moyobamba.

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[1] LOHMAN VILLENA, Guillermo. Monumenta Hispano-Indiana. V Centenario del Descubrimiento de América. III Francisco Pizarro. Testimonio: documentos oficiales, cartas y escritos varios.  Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Centro de Estudios Históricos, Departamento de Historia de América “Fernández de Oviedo”, 1986, p. 137.

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