Por Carlos Hakansson
Uno de los retos que atraviesa el proceso de descentralización política es lograr la pronta constitución de partidos regionales con gran representatividad; pero no sólo para fomentar un ambiente electoral sino también una continua y organizada oposición política al gobierno que sea electo. Sobre este tema nace la preocupación que me mueve a escribir estás líneas, ya que presiento que en la actualidad los gobiernos regionales no están siendo fiscalizados por una oposición conformada, principalmente, por aquellos líderes de movimientos que en su día fueron candidatos a las primeras elecciones para la presidencia; más bien nos da la impresión que todos ellos desaparecieron de la escena política. No olvidemos que una elección sin partidos estables es algo equivalente a un concurso público para ocupar una plaza estatal. No puede haber democracia sin oposición política.
Al respecto, considero que esta preocupación no debe ser desestimada por aquellos que sólo piensan en la poca representatividad, problemas y escasa democracia interna de los partidos políticos, así como de la polémica calidad personal de alguno de sus miembros. Los partidos son, nos guste o no, el vehículo de la democracia representativa. No es posible que ella se fortalezca con movimientos improvisados para una elección y carentes de ideología, un concepto tan venido a menos pero que debe ser revalorado y entendido como el ideario del partido; es decir, la fuente de aquellas ideas fundamentales que justificaron su nacimiento y que promueven la disciplina de sus militantes.








