En toda sociedad democrática periódicamente el ciudadano se ve en la tesitura de elegir al candidato de su preferencia, otorgándole su confianza y delegándole autoridad para que conduzca los destinos de su comunidad o país. De un tiempo a esta parte, entre otras razones por el adelanto y gravitación de las comunicaciones, el ciudadano se ve atiborrado de consignas, lemas y propuestas que hacen difícil discriminar y elegir. Los candidatos se esfuerzan por hacerse más ‘vendibles’, utilizando para ello todas las estrategias y técnicas a su alcance.
Este panorama hace que lo que debería ser un proceso de alternancia racional y de ejercicio cívico, termine por convertirse en una especie de feria de ‘productos’ donde con pujante actividad se realza más la presentación que sus contenidos, ante la mirada atónita, indiferente o preocupada de los ‘compradores’. ¿Será que las elecciones se están convirtiendo en una mera cuestión de gustos y colores? ¿O que los candidatos piensan que los ciudadanos carecen de capacidad para analizar y discriminar un programa de otro?
Tal vez tengan el convencimiento que sólo ellos (los candidatos) saben lo que es bueno para los electores; en consecuencia, les interesa resaltar aquello que les garantice una recordación fácil y duradera, aunque sea una propuesta superficial o no relevante. Pensando en positivo, ¿este afán dirigir desde un puesto público se debe a la creencia -bien intencionada pero no del todo cierta- que sólo se puede servir al país desde ‘las alturas’? Finalmente, esta atmósfera que envuelve al país, ¿forma parte del sistema democrático?
La era de los independientes
Desde hace varios lustros, por activa y pasiva, se ha denostado a los partidos políticos. El debilitamiento de los mismos ha sido consecuencia del propio accionar de sus líderes, cuyo mayor error, a mi juicio, ha sido no haber dejado paso a las nuevas generaciones y con ellas a las ideas frescas y remozadas, que se acompasaran con la realidad actual del país.









